martes, 12 de marzo de 2013

Los principios del universo



Con el nombre de "presocráticos" se conoce a un grupo de filósofos de un período de casi dos siglos, que tienen en común el hecho de haber vivido en las colonias de Grecia entre los siglos VII-V a.C., es decir, antes de que la figura de Sócrates se hiciese conocida gracias a los textos de su discípulo Platón. Ésta no es tan sólo una indicación cronológica, sino que Sócrates representa de una manera simbólica el tránsito de la reflexión filosófica sobre el mundo activo, práctico y comercial de las colonias -repartidas desde Asia Menor hasta la costa de Sicilia- al corazón de la civilización griega que encarna Atenas. A su vez, este cambio no es sólo geográfico, sino que señala una auténtica transformación del modo de pensar y de los problemas a solventar. En las pequeñas colonias, muchas veces separadas de la madre patria por una distancia de semanas o meses de viaje, la posibilidad de sobrevivir dependía de la habilidad práctica de sus ciudadanos; desviar el curso de un río o saber fundir los metales en una aleación de buena calidad eran conocimientos que no se podían menospreciar. Por el contrario, la compleja sociedad ateniense debía enfrentarse con problemas relacionados con la forma de gobierno, la educación de los jóvenes o la relación entre amos y esclavos. Son ambientes distintos que desarrollaron formas de estudio de la naturaleza diversas ya que sus puntos de partida no son los mismos. De los presocráticos no se conserva ningún texto. Todo lo que sabemos proviene de leer las referencias de filósofos posteriores, con frecuencia más interesados en refutar las ideas de sus predecesores que en referirlas de manera fiel. Resulta difícil de reconstruir de forma exacta qué es lo que habían pensado, aunque sí sabemos que los presocráticos fueron más que filósofos propiamente dichos, grandes inventores que quisieron sistematizar sus experiencias de una manera objetiva e inteligible para todos. No es extraño que cada uno de ellos al meditar hiciese abstracción sobre aquello que le parecía la esencia del conocimiento y lo tomara como principio del saber.

Anaximandro (h. 610-h. 547 a.C.) fue un hábil geógrafo dedicado a resolver problemas de cálculos territoriales, anotaciones de distancias, diseño de mapas geográficos, así que extrajo de sus estudios la idea de que el cosmos estuviera ordenado en base al par limitado/ilimitado (en sentido geométrico), en griego péras/ápeiron. Mientras que Tales (h. 625-h. 547 a.C.) dedujo de su experiencia que en la base de todas las cosas vivas se encontraría el agua, la cual mantendría con vida a los organismos, nutriría la tierra y sería el principio divino de todas las cosas. De manera similar, Anaxímenes (585-528 a.C.) prefirió el aire en lugar del agua.

Mención aparte merecen otros dos grandes pensadores: Jenófanes (571-475 a.C.) y Pitágoras (h. 570-h. 480 a.C.). El primero concibe el cosmos como compuesto en esencia de tierra (gáia), elemento a partir del cual se derivan todos los demás. Jenófanes también debe ser recordado por su lucha contra los mitos a los que acusa de antropomorfismo, es decir, del error de imaginar que naturaleza y divinidad sean idénticas. Si los bueyes, los caballos, los leones -razonaba Jenófanes- supiesen inventar, se representarían unos dioses similares a caballos, bueyes o leones, pero con esto no se descubre la verdad del mundo.

Pitágoras (del que se conservan muchas referencias, aunque siempre con la duda de si existió un hombre con este nombre o se trata de una especie de personaje más legendario que real) no se enzarzó en ninguna polémica contra el mundo de los dioses, aunque su proceder fue igualmente crítico. Todo objeto, según él, es lo que es porque posee una determinada forma que lo convierte en apto para realizar su función. Una mesa es una mesa porque es regular, posee una cierta altura, etc. Las proporciones geométricas de las figuras son las que definen la existencia de todo y, puesto que tales proporciones pueden expresarse y sintetizarse como una relación numérica, los números y su relación son el principio que posibilita que el caos devenga cosmos (en griego, "orden"). En este universo armonizado por las proporciones numéricas, cada ser vivo debe concordar tratando de mantener en su interior el equilibrio y la medida, respetando cada vida como parte de todo lo que nunca se destruye, sino que sólo cambia de forma (proporción) y de nuevo se representa. Por todo esto, añade Pitágoras, puede decirse que el alma de los seres vivos no muere, sino que se reencarna transmigrando de un cuerpo a otro (metempsicosis), estableciendo así el principio de la justicia: la armonía del "hálito" del conjunto del universo.

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