sábado, 18 de mayo de 2013

Los sofistas y Sócrates


Con frecuencia la filosofía está condicionada, en cuanto a temática, por el ambiente social en el que se desarrolla. Es, como escribió Hegel, "el propio tiempo aprehendido mediante los conceptos". Todo esto se ajusta bien a la sofística, tanto que podría decirse que ésta fue la filosofía de la ciudad de Atenas en la época de Pericles. En efecto, no son las cuestiones acerca del principio de las cosas lo que preocupa a los sofistas (término derivado del griego sofízesthai, "obrar o hablar con habilidad"), sino las relaciones humanas y sociales y, sobre todo, el instrumento fundamental de la comunicación: el lenguaje.

Así, según Protágoras (h. 486-h. 410 a.C.) es inútil hablar de algo que no se ve y que ni siquiera se puede saber con certeza si existe, como el ser de Parménides o el devenir de Heráclito. Sólo es importante aquello que se refiere al ser humano; es más, sólo éste existe y el hombre "es la medida de todas las cosas". Él crea y destruye, hace el bien o delinque: el ser humano piensa y decide gracias a la palabra que escucha y que pronuncia. ¿Qué hay, pues, más importante que el arte de saber emplear el lenguaje para comunicar las propias ideas y convencer a los demás para que sigan a uno? He aquí que los sofistas devinieron retóricos (artistas del discurso) como Gorgias (h. 487-h. 380 a.C.) y enseñaron, generalmente a los jóvenes nobles que administraban la ciudad, el modo de hacerse escuchar y la manera de convencer a los ciudadanos para que se guiaran correctamente.

De todas formas, también entre los sofistas encontramos algunos más inclinados a la teoría pura como Pródico de Ceos (h. 470 a.C.), el cual merece un lugar destacado por haber iniciado un estudio científico de la etimología (orígenes de las palabras), la historia de la etimología de una palabra y la sinonimia (comparaciones y relaciones entre los vocablos).

El más acérrimo adversario de los sofistas fue, sin lugar a dudas, el célebre filósofo Sócrates (470-399 a.C.). La tesis sofística según la cual el ser humano no puede acceder directamente al saber sino que debe servirse siempre del lenguaje, podía entenderse de dos maneras. En un sentido, si puede concluirse de ella que todo pasa a través del lenguaje, éste sería lo esencial y no habría que indagar en otra parte. Sin embargo, también era posible creer que el lenguaje no fuera una barrera ante la que detenerse, sino un modo de incitar el intelecto y la voluntad de conocer, un instrumento para dirigir el pensamiento hacia la verdad. La contraposición entre Sócrates y los sofistas se puede resumir en estas diversas posiciones éticas al confrontar la verdad. Sócrates tenía experiencia, como ciudadano ateniense que era, del papel que desempeñaba el lenguaje en la vida política y cultural de la ciudad, pero, al contrario que los sofistas, no trató de aceptar la idea según la cual cada uno elabora con las palabras su verdad, con la que puede convencer a los demás.

Para Sócrates, la verdad no se elabora según propia conveniencia, sino que se acepta tal como es. Así, el primer paso a seguir es deshacerse de los prejuicios y de las presunciones del conocer ya todo. Hay que "saber de la ignorancia" y para ello es necesario que todos los seres humanos miren hacia su interior según la que fue la máxima socrática: "conócete a ti mismo". Por esta razón el lenguaje es importante ya que es el instrumento de esta labor. El diálogo es el modo de verificar nuestros conocimientos y controlar que se dé una correspondencia entre las palabras y las cosas. También mediante el lenguaje podía Sócrates aceptar de forma momentánea las tesis de su interlocutor, fueran las que fuesen, y además razonar con él si eran tan apropiadas como parecían o si no sería mejor cambiarlas. Esta dialéctica (del griego dialéghesthai, "razonar") se define como "irónica" en el sentido en que busca más destruir falsas opiniones que propiciar una comunicación de verdades absolutas. A Sócrates le encantaba recordar que su madre había sido comadrona y comparar su cometido con el de ella: él no deseaba introducir conocimiento en sus interlocutores, sino ayudarlos a alumbrar el conocimiento a partir de razonar juntos. Como se observa en los diálogos platónicos, la dialéctica socrática está formada por una parte destructiva, que se alza contra las falsas opiniones y la certeza de saber aquello que en realidad se ignora, más un arte de la mayéutica; es como si al interrogar Sócrates hiciese "dar a luz" a sus interlocutores un conocimiento mejor de sí mismos y un saber menos dogmático pero más sólido. Tal vez esta tendencia a desenmascarar la falsedad, esta fuerza crítica, la que incitó al consejo de Atenas a condenar a Sócrates a muerte tras la denuncia presentada por un noble, un tal Anito, quien acusó al filósofo de corromper a los jóvenes y blasfemar contra las divinidades.

Al amargo fin de Sócrates le siguieron algunos intentos de organizar escuelas que prolongaran el pensamiento del maestro. Entre ellas están la megárica, nombre que recibe de su fundador Euclides de Megara, y la cirenaica de Aristipo de Cirene. Pero la única que gozó de una cierta consistencia fue la denominada cínica (de kynes, en griego, "perro"), que interpretó la enseñanza socrática como una invitación a separarse de las pasiones hacia los bienes terrenales y vivir como "perros vagabundos", libres y sin obligaciones. Por lo tanto, la virtud del ser humano consistiría en vivir según la naturaleza: la virtud representa una práctica vital y un ejercicio.

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