domingo, 25 de agosto de 2013

La república platónica y la condena del arte



Para Platón sería ridículo pensar en imponer la verdad por medio de definiciones, teoremas y demostraciones; al contrario, quien enseña debe, al modo socrático, partir de las exigencias y de las opiniones de su interlocutor y razonar junto a él para elevarse, un poco a la vez, hasta las ideas. Este planteamiento supone que no exista un libro platónico donde él describa exactamente su teoría, sino que sólo existen diálogos en los que diversas opiniones, consideradas erróneas por Platón, son criticadas y sustituidas por otras. En resumidas cuentas, su filosofía está marcada por la relación entre maestro y discípulo más que por el hacer del científico que descubre una ley física y la pone por escrito de tal forma que todos puedan leerla y aprenderla.

Carro Platon

Para Platón la verdad no es un objeto que se pueda aprehender, sino que es una pasión o, si acaso, un modo de pensar que se debe suscitar mediante el diálogo; mejor aún si el diálogo es entre amigos, porque la pasión de uno por el otro puede convertirse en una pasión común por la verdad. De este modo se comprende por qué Platón condenó con palabras bastante duras el arte, el mito y también la escritura. Los signos de las palabras son imitaciones de la voz humana que pronuncia los nombres, y éstos, a su vez, son las copias sonoras de los objetos y, dado que los objetos son copias de las ideas, entonces, un texto escrito es una copia de una copia de una copia. ¿Cómo podría acercarse a las ideas y alcanzar la verdad? El alma, inmortal para Platón, es como un carro alado guiado por dos caballos. El auriga que guía este carro podríamos compararlo con la razón que busca conducir el alma hacia el bien, pero de los dos caballos uno es negro, símbolo de las pasiones negativas, el otro es blanco y representa la tensión hacia el bien y la verdad.

El deber del auriga es difícil ya que debe frenar no sólo al caballo negro de las pasiones innobles, sino también al blanco que tiende hacia el bien y que de otro modo se iría por su cuenta. Deben armonizarse las dos tendencias opuestas y para esto sirve precisamente la razón. Pero la poesía, las artes figurativas y los mitos no se presentan a la razón del hombre, sino que a lo sumo se dirigen a sus sentimientos tratando de suscitar emociones cada vez más fuertes y numerosas. Por tal motivo representan un obstáculo para el deber armonizador de la razón y deben ser desterradas. Entonces, ¿por qué Platón escribió libros, empleó mitos para explicar sus ideas e inventó además una nueva forma poética como el diálogo? La respuesta es simple: porque la condena no es para todas las formas artísticas sino que tan sólo se dirige a aquellas que, en lugar de orientarse hacia la parte noble del alma humana, desean, por el contrario, excitar las pasiones más básicas. En cambio, existe una belleza que no es un deseo de posesión sino que es amor (filo-) al saber (-sofia), por consiguiente, se trata de una belleza filosófica, de la cual Platón desea ser el poeta. Así pues, en una hipotética ciudad perfecta no habría lugar para el arte del sentimiento y de las emociones. Existen dos obras platónicas que versan sobre este tema: las Leyes y la República. Antes de continuar es necesario recordar que para Platón no todas las ideas poseen igual valor; algunas son, por así decirlo, de grado inferior y otras superiores. Por encima de todas ellas -la idea de las ideas- se encuentra la de Bien a la que deben parecerse el resto de las ideas, incluida la de una ciudad perfecta. A decir verdad, la ciudad perfecta de Platón se corresponde bastante con la situación social de la Atenas aristocrática. Los ciudadanos de la ciudad platónica están rigurosamente divididos en gobernantes (filósofos), guerreros y productores, siguiendo un orden de importancia decreciente, puesto que la igualdad de derechos y bienes atañe únicamente a los filósofos y a los guerreros, mientras que los productos quedan excluidos. Los esclavos, quienes en la Atenas de Platón constituían la gran masa de población y cuyo trabajo permitía a unos pocos privilegiados ocuparse de la filosofía, la política y el arte, no eran para nada tenidos en cuenta. Es cierto que Platón recomienda tratar por igual a todos los niños y pide que no sean el origen familiar el que determine qué serán de adultos, sino que ello dependa de sus inclinaciones naturales. Sin embargo, resulta bastante fácil imaginar que difícilmente el hijo de un pescador, aun siendo educados como los demás, pueda desarrollar una inclinación por la geometría abstracta o por la filosofía. Hay que añadir además que la forma ideal de gobierno no es la tiranía (en la que gobierna uno solo) ni la democracia (donde el poder es ejercido por todo el pueblo), sino que es la aristocracia: el gobierno de los mejores. Es necesario decir que el proyecto político de Platón -que él mismo trató de llevar a cabo con su amigo Dioniso, tirano de Siracusa- constituye hoy en día la parte más obsoleta de su pensamiento o, por lo menos, la más condicionada por el particular punto de vista de su autor. De todos modos, la decadencia de las ciudades-estado (polis) griegas ya se había iniciado por otros motivos y la teoría platónica se manifestó del todo impotente para detener este proceso. Baste con decir que Aristóteles, su discípulo más conocido, abandonó por completo ese proyecto del maestro que auspiciaba una reforma política y moral del estado y, por el contrario, devino fiel el rey macedonio Alejandro Magno (356-323 a.C.), el conquistador de las ciudades griegas.

Al morir Platón, la Academia que había fundado en Atenas se había convertido en un importante lugar de estudio. Entre los sucesores de Platón al frente de la escuela no hubo ninguno, excepto Aristóteles, que estuviera a la altura del maestro. El estudio continuó centrado en las tesis del fundador y sólo Espeusipo y Jenócrates trataron de continuarlo de una manera propia. Centraron su atención en el intento de interpretar las ideas platónicas como formas geométricas que pudieran expresarse mediante relaciones numéricas. Según esta concepción, la realidad se estructuraba de acuerdo con diversos órdenes en cuyo interior los números, las magnitudes y las formas geométricas desempeñaban un papel fundamental.

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