lunes, 9 de septiembre de 2013

Aristóteles y el problema del conocimiento


El problema gnoseológico (es decir, el problema del conocimiento en todos sus aspectos) es el centro de los intereses de Aristóteles. Afirma que una primera fuente de información son los órganos sensoriales, gracias a ellos percibimos las cualidades de los objetos y sus cambios. El intelecto puede proceder a la sistematización de esta gran cantidad de sensaciones organizándolas en proposiciones muy simples (como "el fuego quema", "la hierba es verde", etc.) que a su vez pueden ser clasificadas según atañan a una sustancia, una cualidad (por ejemplo, caliente o frío), una cantidad (muchos o pocos), una acción (volar), un tiempo (ayer, mañana) y otras similares. Los primeros juicios que se pueden expresar son singulares, conciernen a una única cosa ("este perro tiene cuatro patas"), pero luego, al sumar varias observaciones, se forman juicios más generales (todos los perros tienen cuatro patas). Este proceso según el cual desde los casos particulares se llega a una regla general se llama inducción. Una vez que se ha formado una regla general puede aplicarse ésta a los casos futuros, al conocer que todos los perros tienen cuatro patas no es necesario que tengan ante mí al perro que me encontraré mañana para saber que tendrá cuatro patas, se trata aquí de una deducción de la regla general, de una aplicación a un caso particular.

Aristoteles
Escultura de la figura de Aristóteles.
Resulta simple establecer cuándo una proposición es verdadera. Toda proposición debe respetar tres axiomas (reglas principales que no pueden demostrarse sino que son evidentes por sí mismas) lógicos: a) el principio de identidad, según el cual todo ente es él mismo y no otra cosa (un río es un río, no un árbol); b) el principio de no contradicción, que afirma que dos juicios que se contradicen no pueden ser ambos verdaderos; c) el principio del tercio excluso, que sostiene que de dos juicios opuestos uno de ellos debe de ser por fuerza verdadero (un animal o "tiene" o "no tiene" cuatro patas, se excluye una tercera posibilidad). Además hay que verificar la relación que se expresa en la frase: si el sujeto y el predicado que están unidos en la proposición (por ejemplo, "perro" y "tener cuatro patas" en la proposición "todos los perros tienen cuatro patas") se dan también unidos en la realidad, entonces la proposición es verdadera, de otro modo será falsa. Según Aristóteles, aunque nuestro conocimiento derive de las sensaciones y de la experiencia, no está formado sólo de sensaciones y experiencia. Ciertos conocimientos se obtienen al vincular entre sí conocimientos anteriores, es decir, se obtienen gracias a la razón y no a la experiencia. Por ejemplo, al saber que "todos los hombres son mortales" y que "Sócrates es un hombre" podemos unir estos dos conocimientos y concluir que "Sócrates es mortal". Este procedimiento es el método científico por excelencia, donde de dos premisas verdaderas ("todos los hombres son mortales" y "Sócrates es un hombre") se llega con total certeza a una conclusión igualmente verdadera ("Sócrates es mortal"). Dado que este procedimiento consiste en la unión de razonamientos consiste en la unión de razonamientos entre sí se llamará silogismo (del griego syn, "junto" y lógos, "razonamiento"). Aristóteles afirma que el silogismo funciona; es decir, que si se respetan sus reglas (analizadas por él de forma minuciosa) y los tres axiomas lógicos, conducirá siempre a la verdad, evitando errores y confusiones. A partir de esta doble seguridad -haber descubierto de qué está hecha la realidad y saber cómo debe proceder la ciencia para alcanzar la verdad- Aristóteles se dedica a construir un sistema del saber, una explicación científica de la totalidad de las cosas, en la que las partes se relacionan unas con otras y no se contradicen. Así, el ser humano está compuesto, como el resto de cosas, de una materia, el cuerpo, y de una forma, el alma, la cual a su vez se divide en alma vegetativa (es la vida misma, aquella que el ser humano tiene en común con todos los seres vivos), sensitiva (ve, siente, mueve el cuerpo, etc., como los otros animales) y racional (la que piensa, juzga, conoce y que es propia del ser humano). También sabemos que está bien que todas las cosas desarrollen su esencia, que actualicen su forma, que es la suya propia y la de ningún otro. Entonces podemos deducir (es decir, construir silogismos) que el bien para el ser humano no consistirá en seguir a su alma sensitiva o vegetativa (porque éstas no son su esencia sino que son la forma de los seres vivos en general), sino en desarrollar al máximo el alma racional. Y aunque, explica Aristóteles, la vida práctica es necesaria ya que sirve al ser humano para procurarse de qué vivir, es la vida contemplativa (la del alma racional) la que representará para el ser humano el supremo bien y el máximo placer. De esta forma, habrá unas reglas para la vida práctica, social y laboral, las llamadas virtudes éticas (las cuales precriben el modo de comportarse), y otras, distintas de las anteriores, para la vida contemplativa. Ser equilibrados, evitar los excesos, seguir el término medio en lugar de los extremos es una virtud ética, mientras que la inteligencia o el arte son virtudes propias de la vida contemplativa.

La capacidad lógica -la llamaremos silogística- abarca todos los campos del saber y de la vida, y dota de un aspecto particular la investigación aristotélica. Éste no trata, como sí hizo Platón, de imaginar una sociedad perfecta, sino que describe el funcionamiento de aquella que tenía ante sí. No se trata, pues, de una utopía, sino de una ciencia del gobierno elaborada según las reglas de la razón. Todavía resulta evidente que esta actitud diferente no evita que Aristóteles confunda, como ya dijimos al referirnos a Platón, las ventajas que la organización social de la polis griega le ofrecía con la forma deseable, si no perfecta, de sociedad. Aristóteles argumenta que es mejor que gobiernen varios en vez de uno o unos pocos, pero explica de manera cuidadosa que de los muchos que deben gobernar sólo han de formar parte aquellos que han desarrollado la esencia del ser humano, es decir, la facultad racional. Los esclavos, por parto, están privados por naturaleza de la facultad humana, tanto que no se pueden considerar seres humanos sino tan sólo instrumentos que, al igual que los animales, resultan útiles pero no son humanos.

Parece que haya un muro infranqueable para los filósofos de la antigua Grecia, un muro que consiste en no ver cuál era el verdadero motor inmóvil que garantizaba la riqueza bajo la cual nació y se desarrolló la filosofía y el pensamiento abstracto: la división entre quienes trabajaban y producían y quienes, gracias al trabajo de los otros, podían dedicarse a la meditación y a las ideas.

Aristóteles tuvo mejor fortuna en otros dos campos del saber: la astronomía y la física. Según él, el universo se componía de cuatro elementos (aire, agua, tierra y fuego) más un quinto, el éter, la materia perfecta e indestructible de la que están formados los cielos. Éstos son como esferas colocadas unas dentro de otras hasta llegar a la más pequeña que es la Tierra. Mientras que el movimiento de las esferas celestes y el de las estrellas que contienen es circular, por tanto, incorruptible y eterno (retorna siempre al inicio), en la Tierra sólo se dan movimientos rectilíneos (con un principio y un fin) ya sean naturales como la caída de un objeto, ya sean violentos, es decir, causados por una acción humana.

Aristóteles tampoco omitió el ámbito del arte, aunque para él, como para Platón, el arte es una imitación pero no en sentido despreciativo. La imitación poética crea una especie de mundo autosuficiente en cuyo interior los personajes y los eventos se hallan dotados de una cierta apariencia de realidad y, a pesar de estar formados sólo por palabras, logran representar las verdades del espíritu humano. Son similares a la retórica (el arte de hablar para convencer al auditorio) ya que se dirigen más a las emociones que a la razón o bien tratan de alcanzar ésta a través de los sentimientos.

Caso emblemático es la famosa descripción que Aristóteles hace de la tragedia. Sostiene que mediante la representación teatral de pasiones violentas, castigos divinos, grandes desventuras y cosas por el estilo, se lleva a cabo una purificación (en griego catarsis) del ánimo de los espectadores.

Durante la función, el público se identifica con los personajes de la ficción, en cierto sentido se puede decir que "viven" las mismas emociones, de tal forma que al final, a pesar de no haber realizado ninguna acción, habrán experimentado todas las pasiones humanas y, al conocerlas, las podrán dominar. Tal es el secreto de la felicidad: dominar las propias pasiones.

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