martes, 10 de septiembre de 2013

El helenismo



Todas las grandes civilizaciones perecen pero ninguna desaparece de repente. El largo período que transcurre entre el final del Imperio greco-persa de Alejandro Magno y el nacimiento del Imperio de Roma es uno de los lentos ocasos que toma el nombre de helenismo. Se trata de un período que abarca más de trescientos cincuenta años durante los cuales la cultura griega, tan orgullosa de llamar bárbaros al resto de pueblos, acabó siendo la cultura propia de estos "bárbaros". Así, el helenismo es una época de múltiples encuentros y grandes cambios, reinos que aparecen y desaparecen, de la biblioteca más grande que jamás haya existido, la de Alejandría en Egipto, de nuevos pueblos y nuevas lenguas, pero también de la necesidad de ir más allá de la diferencia, de explicarse y de comprenderse. El helenismo es la época de las grandes religiones monoteístas (con un único Dios) el hebraísmo y el cristianismo.

Helenismo

Aristóteles murió casi en la misma época que Alejandro Magno y sus discípulos se centraron más en el estudio científico y obtuvieron notables resultados como en el caso de Teofrasto y Estratón, aunque omitieron los aspectos más filosóficos del pensamiento de su maestro. La verdadera novedad de este período son las escuelas, grupos de estudiosos que se reunían en una institución (como la Academia de Atenas) y los cuales confrontaron los problemas teóricos de una manera más o menos similar. Algunas de estas escuelas, como la estoica, surgieron como evolución de corrientes de pensamiento anteriores, pero otras son totalmente nuevas, como es el caso de la de Epicuro (341-270 a.C.), autor de las Doctrinas capitales y de 37 libros acerca De la naturaleza de las cosas, de los cuales tan sólo se conservan algunos fragmentos.

Epicuro fundó su escuela filosófica en un jardín de Atenas contiguo a su casa, en el que hospedó a sus discípulos y en él, en contra de lo acostumbrado, todos eran bien aceptados, incluso las mujeres, los niños y los esclavos. Se trataba de una comunidad que más que investigar sobre los principios del universo trataban de elaborar una idea de vida feliz. Precisamente, el dolor y el placer son, además de las sensaciones y de la memoria, el criterio del conocimiento humano. No son válidas las sutiles distinciones aristotélicas, sino que es necesaria la comprensión de la razón humana para gozar y sufrir y, puesto que no hay ningún motivo para preferir el sufrimiento, la finalidad de la vida será evitar los dolores inútiles y procurarse todos los placeres que no causen daño. Epicuro retoma la doctrina de Demócrito: toda la realidad está formada por átomos y vacío, del encuentro casual entre los átomos nacen las cosas y las criaturas y persisten las sensaciones.

Los átomos epicúreos, elementos infinitos e irreductibles que además poseen peso absoluto, están sujetos a una mínima declinación (clinamen), lo que hace posible su combinación, dando explicación al mismo tiempo de la accidentalidad y la casualidad, ausentes en la concepción de Demócrito. No tiene sentido preocuparse por los dioses o por fantásticas esencias inmateriales de las cosas. Todo el espacio de la vida humana está ocupado sólo por el ser humano y por nada más, tal es la razón de que las relaciones humanas, la amistad, la compasión y el amor sean los verdaderos objetos de la filosofía, la cual debe lograr liberar a los hombres de las pasiones violentas (ataraxia) a fin de hacer posible que estén disponibles para tales encuentros.

La obra de los estoicos es de otro tipo, aunque también persiguen una vida feliz, pretenden, al contrario que Epicuro, que ésta solo puede ser alcanzada con el dominio de la razón sobre las pasiones, de tal forma que se dedicaron a descubrir el mejor entorno posible para esta facultad humana.

La razón, argumenta Zenón de Citio (h. 335 - h. 264 a.C.), es un instrumento magnífico, siempre que los datos sobre los que ha de emitir un juicio sean exactos. Pero, ¿cuáles son los datos de la razón? Son las sensaciones que a primera vista se muestran todas como verdaderas pero que se distinguen según el asenso que les damos. Distinguir las sensaciones ciertas de las falsas es el primer paso hacia el conocimiento. De hecho, no todas las sensaciones se presentan con la misma fuerza y evidencia; algunas son tan claras que no es posible dudas del objeto que las ha provocado, en cambio otras nos dejan, por así decirlo, perplejos. Será suficiente retener como verdaderas sólo las más fuertes y dudas de las otras para que la razón únicamente relacione datos verdaderos a fin de construir proposiciones o juicios que sean tan evidentes que susciten nuestro asenso. A su vez, éstos pasarán a formar parte de la memoria, la cual podrá emplearlas en futuras confrontaciones y siempre guiándose por el criterio de evidencia. De este modo la experiencia no será tan sólo el almacén del conocimiento adquirido, sino que también ejercerá un cometido importante en la orientación y verificación de las impresiones futuras. La organización de la experiencia es el fruto de la experiencia misma, de ciertas "nociones comunes a todos los seres humanos" que de forma natural desarrolla cada uno de ellos. Una de éstas, tal vez la más importante, es el lenguaje, el cual fue entendido por los estoicos como un sistema de signos y significativos, en el que a cada signo y significados, en el que a cada signo (la palabra escrita o pronunciada) le corresponde un significado (el objeto al que se refiere), que a su vez remite a un objeto verdadero. En la mente del ser humano y en el universo hay una misma razón, entendida como orden natural que reina sobre todo. Este lógos (razón) es orden y justicia natural, seguir sus reglas no es sólo el modo de conocer la verdad sino que también es el principio de una vida justa. Para los estoicos, el hombre que se rebele contra el orden de las cosas es un loco, se cree libre mientras que es esclavo de su pasiones, se imagina que puede sublevarse contra el orden natural de las cosas y al hacer esto sólo encontrará derrotas y desilusiones. En cambio, el sabio entiende que es inútil ir en contra de las leyes que rigen el universo, sabe que todo sucede según un orden preestablecido y, aunque éste le parezca incomprensible y, aunque éste le parezca incomprensible, no se rebela sino que soporta el destino esforzándose por entender su sentido más recóndito. De aquí procede el significado moderno de estoico (en origen se refería a la escuela "bajo el pórtico", en griego stoa) para aludir a quien es capaz de soportar los mayores sufrimientos creyendo que finalmente todo corresponde a una armonía eterna en la que el ser humano debe esforzarse por participar con todo su ser. Hay otra escuela filosófica con un nombre famoso: los escépticos. En general, se entiende por escepticismo la postura de quien ve como más favorable dudar que creer, de tal manera que no otorga conformidad definitiva a nada, sino que tiende a suspender el juicio durante un tiempo indeterminado, contentándose con probabilidades o verdades momentáneas y sólo cuando es absolutamente necesario.

Esta imagen de los escépticos no está muy alejadas de la verdad. Pirrón (h. 365 - h. 275 a.C.), por ejemplo, sostenía que todo lo que sabemos de la realidad es simplemente lo que se muestra a nuestros sentidos y que todos los discursos sobre la esencia, las ideas o cosas por el estilo, son inútiles. Nosotros no percibimos nunca la esencia de las cosas, sólo su apariencia, de tal manera que de la esencia no podemos decir nada y es mejor no hablar de ello, permanecer en silencio (en griego, afasia). Los escépticos poseen una gran vena polémica a la hora de examinar las grandes certezas de la filosofía. Carnéades se enfrentó a los estoicos al declarar que si todo el problema de la verdad radica en dar nuestra conformidad sólo a las sensaciones cuya fortaleza las torna indudables, entonces él debe decir que no posee ninguna y que es mucho mejor suspender el juicio (epoché) sobre todas ellas y aceptar que el límite del ser humano es moverse entre conocimientos probables (los cuales son "bastante" ciertos) o bien persuasivos (que "convencen"), pero nunca en la certeza absoluta. El escepticismo tiene un buen juego en los careos con las teorías filosóficas: siempre es más fácil demoler una idea que defenderla. En él también se encuentra una actitud de renuncia y de aceptación. Renuncia, porque si no es posible decir nada verdadero entonces no hay un conocimiento de la realidad, ya sea natural o humana, y aceptación como abandono de todo proyecto para modificar el mundo según el conocimiento del Bien, el cual, como lo demás, resulta incognoscible o incluso no existe. Para el escepticismo el horizonte de las posibilidades humanas está constituido por los límites del presente inmediato. ¿Qué sería la historia humana si no se hubieran llevado a cabo continuos intentos por conocer lo que en un primer momento parecía incognoscible, por mejorar aquello que no parecía transformable? Un ejemplo de ello lo dan los "científicos" del helenismo, filósofos que no centraron su atención en las cuestiones generales (el conocimiento, la justicia, la belleza), sino en ámbitos de estudio particulares. A ellos se debe el origen de las más importantes ciencias modernas y basta con mencionar un breve elenco de ellos para darse cuenta de la importancia de su trabajo. Entre estos pensadores tenemos a Euclides (siglo II a.C.), fundador de la geometría moderna, y al gran físico Arquímedes (287-212 a.C.), pero también cabe mencionar a Tolomeo (siglo II d.C.), a quien se debe el modelo "heliocéntrico" del sistema solar en el que el Sol está en el centro y la Tierra, con el resto de planetas, gira a su alrededor. También las ciencias de la tradición clásica, como la medicina y la geografía, fueron objeto de una nueva sistematización por parte de los científicos de esta época como, por ejemplo, la de uno de los médicos más famosos de la historia, Galeno (h. 131 - h. 201 d.C.) o la de Eratóstenes de Cirene, célebre por la medición del tamaño del globo terrestre y la óptima calidad de los mapas que diseñó. Sin embargo, la novedad que puede elegida símbolo del helenismo ni fue ni un filósofo ni un científico, sino que fue un edificio. Se trata de la primera gran estructura dedicada al estudio y a la investigación científica: la biblioteca de Alejandría, la capital de Egipto durante el helenismo. Allí se recogieron prácticamente todos los textos escritos en aquella época.

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