jueves, 12 de septiembre de 2013

Monoteísmo y estudios filosóficos


Desde el punto de vista filosófico, el cristianismo fue un fenómeno cultural verdaderamente sorprendente. En una sociedad regida por la fuerza militar y el poder económico, se erigió primero como un formidable enemigo y después como el mejor aliado del Imperio. El cristianismo representó una visión del mundo lo bastante sencilla como para ser comprendida por cualquiera -inspirada en valores de igualdad y fraternidad aptos para las grandes masas sin poder ni derechos de ciudadanos del Imperio-, pero al mismo tiempo fuertemente condicionada por una ética que imponía compromiso social y obediencia; y, finalmente, supo compendiar -lo que más nos interesa aquí- en una perspectiva única el hebraísmo, primera religión monoteísta, y el imponente edificio del saber grecolatino. El comienzo de esta gran obra puede situarse en la predicación de san Pablo (h. 10 - h. 67 d.C.).

Cristianismo

El encuentro entre filosofía y religión ya tenía precedentes: no sólo en la tradición pitagórica y platónica se habían desarrollado, durante siglos, numerosas sectas (comunidades secretas) sobre el principio de que el hombre había poseído en tiempos antiguos una sabiduría mágica que podía revivir en los misterios filosóficos, sino que sobre todo numerosas estudiosos de la religión hebraica habían intentado el encuentro teorético con los grandes temas platónicos.

En Pablo se produce una inversión completa de las perspectiva: ya no se trata de un restringido número de elegidos que a través de la magia penetra los misterios de la naturaleza y del alma (esto es, más o menos, el platonismo de los primeros siglos), sino de una teoría universalista abierta a todos y que se presenta como explicación de los distintos aspectos de la vida y la naturaleza. Esta característica es sostenida, en las famosas cartas de Pablo, por argumentaciones filosóficas que son, al mismo tiempo, introducción y apoyo a las verdades religiosas, y que, así formuladas, constituirán la estructura cultural de la civilización incluso en los siglos oscuros de la descomposición del Imperio, hasta el nuevo Humanismo italiano.

Además de Pablo, la otra gran voz del encuentro entre filosofía y cristianismo es, sin duda, Plotino (h. 205 - h. 270). Nacido en Egipto, donde según parece perteneció a una secta neoplatónica, se trasladó a Roma, ciudad en la que se dedicó al comentario de los textos de Platón, para demostrar cómo en ellos no había nada en contra de la religión sino que más bien, leídos de modo correcto, podían utilizarse par comprender los fundamentos de la teología (literalmente "ciencia de Dios") cristiana. Fuera de Dios, argumenta por ejemplo Plotino, no puede existir nada, porque cualquier cosa que existiese fuera de Él limitaría su omnipotencia. Así, las ideas de que hablaba Platón no son entendidas como los modelos a los que Dios debía recurrir para crear el universo, sino más bien como fragmentos de Dios mismo, emanaciones de Su ser, parte de Él. Dios es todo y puede todo, nada existe en verdad que no forme parte de Su omnipotencia. Él es el Uno, principio tan perfecto que no puede ser recogido en definiciones, porque cualquier definición sería imperfecta y pobre en comparación con Su suma perfección. El hombre puede acercarse a Él sólo a través de una teología negativa, diciendo lo que no se debe pensar de Dios ("no es limitado", "no es mortal", "no existe nada fuera de Él", etc.).

Si esto es así, si el mundo es parte de Dios, ¿cómo se explica la existencia del mal? ¿Quizá está el mal dentro de Dios? No, en absoluto, responde Plotino. Todo deriva de Dios según un orden, las entidades más cercanas resplandecen casi con la misma perfección que la divinidad, pero en la jerarquía de lo existente se produce un proceso gradual de alejamiento del Uno, estando, pues, el ser divino cada vez menos presente. El mal, entonces, no es una parte del ser de Dios sino más bien una carencia del ser de los entes que están más lejos del ser divino.

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