miércoles, 25 de septiembre de 2013

Tomás de Aquino


Toda criatura humana está compuesta de un cuerpo y un alma, en el cuerpo tienen su sede los cinco sentidos con los que se percibe la realidad, y en el alma, los sentimientos y la razón. Cuando el hombre muere el cuerpo se convierte en polvo, pero el alma sigue existiendo, ya que no está hecha de materia, no se corrompe y por consiguiente es inmortal. El cuerpo viene a ser la materia, y el alma, la forma del hombre. Ciertamente los sentimientos y la inteligencia son más importantes que las sensaciones, pero vivir significa también tocar, ver, respirar, nutrirse y descansar, es decir, tener un cuerpo.

Tomas de Aquino

Esta simple y clara idea de qué es un hombre unos es tan familiar que casi se diría nos surge espontáneamente; también los no creyentes están convencidos de que el alma no está hecha de carne y huesos y de que si existe una vida después de la muerte -en el recuerdo o en las obras realizadas- es el alma la que sobrevive. ¿Cómo explicar que esta concepción del hombre en su forma, todavía actual, se debe sobre todo a un filósofo que vivió en el siglo XIII? La dificultad de entender el pensamiento de Tomás de Aquino (1225-1274), en sus líneas fundamentales, radica precisamente en el hecho de que su filosofía impregnó la cultura occidental de la época moderna; Tomás logró algo que parecía imposible: armonizar perfectamente ciencia, filosofía y religión, sin sacrificar ninguna a la autoridad de la otra. Escribió una Summa theologiae, como reza el título de su obra más conocida, iniciada en 1269 y quedó incompleta, en el texto pero no en el espíritu, por la muerte de su autor.

La filosofía de Aristóteles es uno de los dos pilares de la gran construcción tomista, el otro lo constituyen las verdades de fe reveladas en las Sagradas Escrituras. Los contrastes no se resuelven con una separación de ámbitos: aquí la ciencia que se ocupa del mundo y allí la religión que hace lo propio con el alma, sino más bien a través de una reconstrucción ordenada de los grados del conocimiento. En primer lugar está la ciencia física, después la filosofía y finalmente la teología. Este orden no implica que el teólogo pueda imponer sus verdades al científico o rechazar los textos de la filosofía griega porque fueron escritos antes del nacimiento de Cristo. El orden que establece Tomas es de armonía y progreso, no de autoridad. El conocimiento en el campo científico lleva naturalmente a verdades que están en la base del conocimiento filosófico, y éste a su vez demuestra otras verdades (la existencia de Dios, por ejemplo, o la inmortalidad del alma) que constituyen la teología natural, es decir, el máximo grado posible de conocimiento sin la ayuda directa de los textos sagrados, y éste es el punto que alcanzaron los mayores filósofos de la Antigüedad.

El último grado es la sagrada doctrina, o sea la reflexión sobre los artículos de fe contenidos en la Revelación, donde el hombre es guiado por su propia inteligencia pero no debe dejar de creer lo que no comprende, porque aquí reina el principio de la fe, no la demostración racional. La existencia de Dios, por ejemplo, es, según Tomás, demostrable a partir de la existencia de lo creado. Indica "cinco vías" posibles, cinco modos para elevarse del efecto a la causa y de ésta a una realidad distinta y trascendente a lo creado. Las pruebas de Tomás se oponen a la demostración ontológica agustiniana de la existencia de Dios, cuya argumentación se desarrolla en el ámbito del pensamiento puro, pasando del plano de la experiencia sensible al del intelecto: si todo se mueve, debe existir un primer motor inmóvil (prueba cosmológica); si cada efecto tiene una causa (prueba causal); si lo contingente existe en virtud de lo necesario debe existir un ser necesario en sí (prueba de la contingencia); si cada cosa participa en grados diversos de las determinaciones cualitativas, debe existir el máximo de la perfección que es causa de las gradaciones inferiores (prueba de los grados); si todas las cosas aparecen ordenadas para un fin, es necesario admitir la existencia de una entidad inteligente garante de tal orden (prueba del orden). Las pruebas de Tomás prevén la intervención de la fe, ya que no existen motivos racionales para llamar Dios a esta realidad trascendente ni para suponer que sea única (los principios últimos determinados entre sí). Tomás mantiene que estas pruebas de la existencia de Dios, aun siendo a posteriori (presuponen que lo creado exista y que el hombre tenga experiencia de ello), permiten también descubrir algo en torno a las cualidades de Dios mismo. Efectivamente, es posible afirmar, según el principio de analogía, que la cualidad que está presente en el efecto debe ser similar (análoga) a la que está presente en la causa, por ello la inteligencia humana, por ejemplo, será análoga a aquélla, infinitamente más grande, de Dios. Éste es un ejemplo de teología natural donde, a través de una ley lógica, la de causa y efecto, se demuestra una verdad metafísica ("que está más allá del mundo físico"). Pero esta verdad metafísica no condiciona la ciencia.

Tomás se rebela y polemiza contra la idea de que Dios intervenga directamente en todo momento en el mundo. De acuerdo con la fe, Dios creó el mundo y las leyes que lo gobiernan, pero de ello deriva también que, salvo intervenciones extraordinarias -los milagros-, las leyes naturales que Dios puso en lo creado son válidas siempre y en todo lugar. El fuego, escribe, Tomás, no es caliente porque Dios intervenga cada vez en unir fuego y calor, sino porque Dios estableció en el universo creado por la ley física por la que el fuego es caliente de por sí.

Como se ve, ciencia y religión son autónomas, pero en plena armonía. Determinar, por ejemplo, si el universo existe desde siempre o ha sido creado de la nada, no es algo que sea posible con el razonamiento, porque la creación es un acontecimiento extraordinario, es decir, externo al orden natural; la fe nos dice que es así, y la ciencia no debe, ni puede, ocuparse de ello. Para la ciencia el mundo existe tal como es y su misión es comprenderlo. Para lograrlo, según Tomás, es necesario en primer lugar distinguir esencia (aquello por lo que una cosa es lo que es) de existencia. El hombre puede muy bien dar una definición de una esencia, sin que ésta exista, del mismo modo que algo puede existir sin que el hombre sepa definir su esencia. En resumen, esencia y existencia están separadas. Pero entonces esto significa que por cada cosa que existe debe haber una causa que ha unido su esencia a su existencia. Existe, según Tomás, un único Ser en el que esencia y existencia coinciden, y que por tanto es causa y fundación de la existencia del todo, y este Ser es Dios; el "ser mediante el cual esencia y existencia son idénticas" es la mejor definición de Dios que puede darse.

El hombre conoce un universo así creado primeramente por los sentidos, a partir de éstos se forman ciertas imágenes que se conservan en la memoria, donde se realizan los primeros y más simples actos de juicio. En ello tanto el hombre como los animales  son idénticos. Pero el alma del hombre está dotada de otra facultad, el intelecto, que conoce no las cosas particulares, como los sentidos, sino las esencias o las formas universales. El intelecto humano hace abstracción de la existencia aquí y ahora y capta la esencia válida siempre y doquiera: no descubre que "este fuego quema". Esta potencialidad del intelecto humano de captar las formas deriva de la acción del intelecto que hace abstracción de los entes existentes particulares y considera sólo las formas; por consiguiente, según Tomás, el intelecto humano se distingue en intelecto en potencia (que tiene la posibilidad de captar las formas universales) y en intelecto agente (que abstrae). Ambas facultades, propias de todo ser humano, son la esencia de su alma inmortal, y no sólo un instrumento pasivo apto para recibir de Dios el conocimiento, como en cambio sostuvieron algunos aristotélicos. Para Tomás, la mejor prueba de la inmortalidad del alma indica en la capacidad humana de conocer, el conocimiento mismo es la prueba de la inmortalidad. La supremacía del conocimiento, de la parte racional del hombre, aunque limitada por las verdades reveladas, es una característica del pensamiento de Tomás, e incluso cuando el filósofo debe enfrentarse con el campo ético y político el principio rector lo da el conocimiento.

Para poder hablar del bien y del mal es necesario que el hombre sea libre, pero la libertad significa guiar la propia voluntad con el conocimiento, no dejarla caer presa de las pasiones. Someter por tanto la voluntad al intelecto es el principio absoluto de la ética natural (propia de todo hombre). Así también la sociedad política es, para Tomás, natural (algo a lo que el hombre llega por naturaleza) y racional, es decir útil para alcanzar el objetivo de la vida humana. El mundo humano ya no es, como lo fue para otros pensadores cristianos como Agustín, sino que cumple una importante función positiva en el recorrido que conduce a la salvación.

Tomás sostiene -y en este punto todos los teólogos están de acuerdo- que del mismo modo que la sociedad debe subordinarse jerárquicamente al poder de uno solo (o de pocos) que gobierne para el bien común, así las sociedades, en su conjunto, deben someterse al poder de Dios en la Tierra, a la Iglesia, fuera de al cual no hay salvación para la humanidad.

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