miércoles, 11 de septiembre de 2013

La traducción de la cultura griega tras la conquista romana


En un período aproximado de cien años la potencia militar romana conquistó todas las ciudades de Grecia. De acuerdo con el derecho de guerra, los vencedores se llevaron consigo a la madre patria los tesoros de las tierras conquistadas, pero entre los bienes sustraídos había uno difícil de dominar: la cultura.

Ciudad de Roma

Este hecho se ha resumido diciendo que "si bien Roma se apoderó de Grecia, los griegos se apoderaron de los romanos", intentando describir la progresiva consolidación en los dominios del Imperio romano de la tradición cultural de los vencidos. Pero en realidad no debe hablarse de una dominación de la cultura griega sobre Roma. Es cierto que a menudo filósofos y científicos fueron reducidos a la esclavitud -amarga suerte- y obligados a enseñar en las casas patricias de la capital del Imperio, pero una cultura es una mercancía difícilmente comerciable. Necesita, por así decirlo, traducir los términos originales a los nuevos. Y no se trata sólo de una cuestión de lenguaje.

Las gramáticas ofrecen instrumentos suficientes para la traducción lingüística, pero el problema es de otro tipo. Cuando Platón escribe "república" tiene en mente una pequeña ciudad, habitada por hombres similares por cultura, censo y educación, que periódicamente se reúnen para gestionar los asuntos de su patria. Sin embargo, un romano del siglo I d.C. entiende por república algo muy distinto: un enorme conjunto de territorios, administrados por una clase de políticos que deben vérselas con razas, creencias y costumbres tan diversas que llegan a ser incomprensibles entre sí. Es evidente, por tanto, que el sentido de las frases de Platón -y esto vale para todas las filosofías griegas- sufre una distorsión semántica al pasar del ambiente social original, el escenario de la antigua Grecia, al del Imperio romano. Siguiendo esta misma lógica, la retórica griega se convierte, en el complejo sistema burocrático latino, en un instrumento de juristas más que de políticos, mientras que la ética estoica, que postula el reconocimiento y la aceptación del orden racional que reina en el cosmos, se transforma en una teoría que predica la obediencia al deseo del "príncipe" soberano. La filosofía en manos de los latinos es cada vez menos un saber individual para transformarse en una cultura civil, una refinada fuente de instrumentos conceptuales y conocimientos de gran utilidad social y política, una valiosa herencia para afrontar los grandes problemas planteados por la ascensión y posterior decadencia de la potencia romana. Las ciencias prácticas comienzan a separarse de ella y a seguir su propio camino. Se compilan los primeros manuales (de medicina, botánica, matemáticas y otras disciplinas) y se forman lo que serán las primeras enciclopedias. Mientras tanto la filosofía se utiliza como instrumento ético-político (sobre todo en el campo de la jurisprudencia), como ejemplifica el célebre orador Marco Tulio Cicerón, o de modo privado como consolación ético-religiosa. En ambos casos pierde la característica principal que había tenido para los griegos: el ser, es decir, una conceptualización racional de lo Verdadero, del Bien y de lo Bello.

Ciertamente no faltó quien continuara la tradición dedicándose al comentario de obras, sobre todo de Platón y Aristóteles (como Alejandro de Afrodisia), pero más interesantes son las traducciones a que se ha hecho referencia. Entre ellas, además del nacimiento de la "ciencia de las leyes" (jurisprudencia), gozó de especial fortuna la interpretación latina de las éticas epicúrea y estoica. Iniciada con la obra de Séneca (h. 2 a.C. - 65 d.C.), la reflexión sobre los temas como la libertad, el dominio de las pasiones y la resistencia al dolor, halla en los estoicos romanos Epicteto (h. 50 - h. 130) y Adriano (117-136) dos altas formulaciones. No es la originalidad de pensamiento lo que destaca en ellos, aunque la ética individual que proponen tiene principios notables. Ambos, como Séneca, invitan a resguardarse de las pasiones y a no depositar demasiadas esperanzas en lo que no depende del ser humano (la suerte, la fama, la salud, etc.), manteniendo que la auténtica libertad, la que ninguna desgracia pueden vencer, es la del sabio en armonía con la razón cósmica que domina sus pasiones y se dedica a obras que mejoran su existencia y la de los demás. Pero lo realmente sorprendente era pensar en quiénes eran estos dos pensadores: Epicteto un esclavo, y Adriano un emperador romano. He aquí lo que se entiende al mantener que la filosofía griega se convierte en ética individual; la filosofía deja de ser la ciencia de los mejores y se transforma en un modo de atender a las vicisitudes humanas pacífico y racional, al que todos pueden acceder.

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