lunes, 23 de septiembre de 2013

Las Universidades o Universitas studiorum



Hacia finales de la edad media una institución ejemplar del período viene a sumarse, en el campo cultural y educativo, a los monasterios: la Universitas studiorum. Surgida a partir de organizaciones autónomas de estudiantes, generalmente hijos de comerciantes, profesionales y artesanos que no encuentran en la formación impartida en los monasterios y las abadías la aplicación y modernidad a la que aspiran. Las universidades medievales están estrechamente vinculadas al ambiente ciudadano y son decisivamente independientes del control de la jerarquía eclesiástica.

Universidades
Universidad de Oxford.

Los ciudadanos de la época comunal, poco interesados en las disputas teológicas y en las denominadas "artes liberales" (el trivium, gramática, retórica y dialéctica, y el quadrivium, aritmérica, geometría, música y astronomía), o al menos en el modo en que se impartían, prefirieron reclutar ellos mismos a los profesores para que enseñaran ciencias más útiles, sin censuras o temores de herejía. Nacen así en Italia las primeras universidades: medicina en Salerno y jurisprudencia en Bolonia (1.084).

La independencia de las universidades del poder religioso es muy variable. En Oxford, por ejemplo, en la antigua escuela de orientación platónica, está presente la facultad de teología sin que ello perturbe la enseñanza científica y la investigación experimental. Mientras en Francia se efectúa una suerte de compromiso entre clases sociales emergentes (poder económico y civil) y la jerarquía eclesiástica, dando vida al centro destinado a ser punto de referencia cultural durante al menos tres siglos, la Universidad de París. Fue en dicha universidad donde alcanzó su maduración una crisis que iba desarrollándose desde hacía tiempo; las ciencias están en progreso continuo, desde los lugares más lejanos llegan descubrimientos sorprendentes, los libros se multiplican, ya no es posible pensar en todo el saber humano como en una manifestación de la fe o de la omnipotencia divina. La filosofía y las ciencias no tienen como objeto sólo la divinidad, sino también el mundo humano, entendido laicamente. Resumiendo, filosofía y teología se separan, y naturaleza y sociedad se indagan en base a principios autónomos independientes de la voluntad divina y del plano de la providencia, y la teología deviene una parte, aunque la más importante, del saber, pero no su totalidad.

San Buenaventura (1217-1274), general de la orden franciscana, fue el último gran defensor de la tradición agustiniana. En su obra se adhiere de nuevo a la llamada de interpretar el conocimiento como un "itinerario de la mente hacia Dios", donde cada criatura es una señal del Omnipotente y el hombre debe buscar dentro de sí para superarse en dirección a las "regiones eternas" (el lugar de las ideas de Dios) y finalmente alcanzar la contemplación del Ser supremo. La división entre ciencias de la naturaleza y teología está presente también entre sus compañeros franciscanos. En Oxford, si Roberto Grosseteste (h. 1168 - h. 1253) se aproxima todavía a la tradición platónica con las artes del quadrivio (matemática y geometría sobre todo), Roger Bacon (h. 1220 - 1292) abandona totalmente la vieja concepción del saber. La ciencia -así argumenta en su Opus maius- tiene que ser sobre todo útil y establecer una relación constante y provechosa con la técnica; cada nuevo descubrimiento debe tener, para serlo, una aplicación práctica, debe ser un instrumento para dominar la naturaleza y no sólo para elogiarla. El hombre tiene que abandonar todas las creencias no verificadas científicamente; sólo así podrá liberarse del error y acostumbrar su alma a reconocer lo verdadero. Por ello, la ciencia más importante de todas, el modelo perfecto, es la matemática. En ella todo es demostrado sin sombra de duda, y todo aquel que esté dotado de razón debe reconocer sus verdades objetivas y eternas. La idea de que la exactitud de la matemática sea el modelo en que inspirarse también en las demás ciencias gozará de larga fortuna, por lo menos hasta comienzos del siglo XX. Otra intuición destinada entre ciencias naturales y teología, como ya se ha señalado. Fue el dominico san Alberto Magno (h. 1205 - 1280) quien se atrevió a expresar esa distinción, afirmando que en materia de fe se debe seguir a Platón y Agustín, pero para la ciencia es mejor estudiar a Aristóteles y a sus comentadores árabes, quienes, siendo ateos e infieles, entendieron las leyes de la naturaleza mejor que sus colegas occidentales.

En el disenso entre aristotelismo no cristiano pero científico y exigencias de la doctrina cristiana se interesó también el maestro parisiense Sigerio de Brabante (1235-1284). Convencido averroísta, sostuvo que las verdades de la filosofía aristotélica conciernen a las leyes naturales, mientras que la fe excede su campo al tratar de la intervención milagrosa de Dios en el mundo. Esta tesis, bajo una aparente distinción de esferas de influencia, limitada notablemente el campo de los argumentos sobre el que la religión revelada debiera tener la última palabra. Muchos seguidores de Sigerio, incluido Tomás de Aquino, sufrirán la censura de la autoridad eclesiástica y serán procesados por impiedad (grave acusación, en aquellos tiempos, para ser un doctor en filosofía). Una solución original al problema sería la ofrecida por Ramón Llull (h. 1235 - h. 1315). Según Llull, fuertemente influido por la mística hebraica, tanto la realidad como la lógica científica y filosófica están compuestas por la combinación de unos pocos elementos primeros y muy simples. Para superar las incertezas y las contradicciones, será suficiente elaborar un arte combinatoria, siempre la misma para cualquier argumento u objeto, y que revelará finalmente al ser humano los secretos de la naturaleza y del saber. Esta idea conservará una gran fuerza de sugestión, llegando a influir a un pensador racional y sistemático como Leibniz. En las Ars compendiosa inveniendi veritatem, título de la obra maestra de Llull, al lado de visiones de la realidad de origen místico-mágico, expresadas a menudo en un lenguaje fuertemente platónico, está presente una instancia decididamente racional: la necesidad de un método de investigación y descubrimiento que no se agote en las rígidas reglas aristotélicas de la recogida de datos, generalización y formulación de las leyes, sino que logre acoger en su interior la variedad de las formas de experiencia de la realidad, y de diferentes realidades, que el hombre cumple en su relación con la naturaleza, con sus leyes y consigo mismo, no todas representables en esquemas que sean lógicos.

Esta parte del arte combinatoria luliana será heredada, como se ha indicado, por el racionalismo del siglo XVIII.

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