miércoles, 30 de octubre de 2013

Ciencia, filosofía y religión en el siglo XVII


El siglo de las grandes revoluciones científicas se cierra con la obra de Isaac Newton (1642 - 1727). Con la publicación de los Principios matemáticos de la filosofía natural (1687) se abandonaba lo que quedaba todavía de las teorías platónicas y sobre todo de la filosofía aristotélica en el campo científico, y la obra de los grandes astrónomos del siglo XVI llegaba a su conclusión con las leyes de la gravitación universal, del movimiento y la matemática newtonianas.

Isaac Newton

La separación, iniciada mucho antes, entre filosofía y ciencia (o filosofía experimental como la llamó Newton) queda en cierto sentido ultimada, y a partir de entonces la ciencia procederá de modo autónomo respecto de la filosofía. Sin embargo, tampoco faltan en este final de siglo pensadores con intereses filosóficos totalmente distintos e incluso en firme oposición a la ciencia moderna. Nicolás de Malebranche (1638-1715) construyó un modelo de universo donde las leyes naturales sólo eran expresión de la voluntad de Dios, de modo que, por ejemplo, un cuerpo no pone en movimiento a otro empujándolo, sino que el empuje es ocasionado por la intervención divina que imprime el movimiento al cuerpo empujado (de aquí el nombre de ocasionalistas). Aun siendo un científico, Malebranche se sumó a la tradición que ve en la ciencia un instrumento para la acción humana y no una descripción necesaria de leyes necesarias; la separación entre ciencia y religión, en sus obras, como por ejemplo, Conversaciones sobre la metafísica y la religión (1688), es tan nítida como definitiva. Sin embargo, el hecho de conceder, al menos en principio, prioridad a las verdades de fe no modifica, en este punto, la autonomía de la investigación científica.

Una posición distinta asumieron los denominados deístas ingleses, defendiendo la idea de que la fe no fuera únicamente fruto de la Revelación, sino que podía conseguirse de forma autónoma por la razón humana, de modo que no sólo la religión y la ciencia deben encontrar un acuerdo, sino que la misma práctica religiosa debe inspirarse en el principio de investigación, personal y colectiva, y de tolerancia.

A esta corriente pertenecieron filósofos célebres como Locke, considerado el precursor de algunas temáticas deístas, Lessing, Wolf, Mendelssonhn y Kant, así como figuras menos conocidas, exponentes de la investigación histórica y filológica de la Biblia, verdadero fundamento de la tolerancia deísta, como Bayle (1647-1706), con su Diccionario histórico-crítico (1695-1697), Tindal, Collins y Reimarus.

- El tema de la fe en Pascal y Berkeley


Otra figura vinculada al progreso científico pero capaz de reconocer en la esfera de lo sagrado toda su importancia fue Blaise Pascal (1623-1662).

Suyo es el famoso argumento de la "apuesta". El hombre -sostiene Pascal- es la más frágil de las criaturas; incluso la razón, que lo convierte en señor del universo, y lo pone en condiciones de operar maravillas científicas, no logra salvarlo del miedo principal de toda su vida: tener que morir. La existencia de Dios, que podría mitigar esa angustia, no es demostrable por vía racional; se cree o no se cree. A los escépticos sólo se les puede sugerir: "apostad". Apostad a favor de la existencia de Dios: ¿si no existiese qué perderíais? Os comportaríais de modo moralmente y viviríais una vida digna de un ser humano.

Si después Dios existiese verdaderamente con vuestra apuesta habríais ganado la vida eterna. En encarnizada oposición a la teología cartesiana -al planteamiento que ve en lo divino el principio de la lógica y de la racionalidad desplegada en la naturaleza, un principio, pues, alcanzable, por vía racional-demostrativa- el pensamiento de Pascal, resumido en los Pensamientos del señor Pascal sobre la religión, conocidos simplemente como Pensamientos (1670), se funda en la separación racionalista de la fe de la razón, pero como un privilegio puesto de la parte de la fe, del corazón, órgano de aquella intuición de lo verdadero, fundamento de la apuesta sobre la existencia de Dios.

Como se ve, el argumento del pari (pari, o sea "apuesta"; éste es el nombre de la argumentación pascaliana sobre los motivos por los que creer o no en la existencia de Dios) es racionalista paradójicamente, se trata de un cálculo de la conveniencia personal, que se resuelve en el abandono de todo cálculo y conveniencia para lanzarse en brazos de la fe, empezando por sus recomendaciones, en cierto modo desconcertantes, de comenzar la conversión por las actitudes exteriores, para adquirir un hábito en aquella forma de existencia, mezcla de sentimiento y razón, que facilita el acceso a Dios.

Una escisión de estas características muestra una solidez al menos genéricamente, que llegará a influir al gran defensor de las verdades de religión contra la ciencia en el siglo XVII: George Berkeley (1685-1753). Obispo de Coyne, el filósofo irlandés creía que para combatir el ateísmo era necesario, y suficiente, destruir la falsa creencia en la autonomía del mundo físico y material.

Cuando tenemos una sensación, incluso la más intensa -argumenta Berkeley-, no significa que los objetos materiales penetren en nosotros; la única modificación que podemos observar es que en nuestra mente se forman imágenes. Por ello, desde un punto de vista rigurosamente científico, no tenemos ninguna prueba de que los objetos existan fuera de nuestra mente. Más aún, por lo que sabemos, los objetos sólo existen en el momento en que los percibimos. "Ser -concluye Berkeley- es ser percibido." No tenemos por tanto la prueba de la existencia de ninguna sustancia material y como consecuencia debemos pensar que todo lo que existe es espiritual, es obra de Dios que lo ha creado y lo mantiene en existencia.

La obra maestra de Berkeley, el Tratado sobre los principios del conocimiento humano (1710), anticipado por los Comentarios filosóficos redactados entre 1707 y 1708, parte de la crítica de las ideas abstractas, aquellas que, según Locke, son los fundamentos de la razón humana. Según Berkeley, todos nuestros errores derivan de la ilusión de que las provisionales representaciones de que nos servimos para organizar nuestra experiencia -la caída de los objetos, el arder del fuego, etc.- son formas generales y necesarias de lo real, ideas abstractas según el nombre que les dio Locke, y, por tanto, principios ciertos del conocimiento. Es importante destacar que esta tesis berkeleyana -el ser es idéntico a ser percibido- se desarrolló, a pesar de su tinte polémico, en una dirección imprevista por el obispo irlandés, esto es, como un fundamento de las teorías científicas.

Si la esencia de las cosas no es nada distinto de lo que percibimos, entonces la investigación científica experimental podrá abandonar cualquier pregunta sobre la "sustancia" o la "causa última" de la existencia, y ocuparse sólo de describir lo que es percibido. Todo el mundo de la ciencia es así reducido a fenómeno, a una realidad que aparece y tras la cual no hay nada más, ni la voluntad de Dios, ni la sustancia aristotélica, ni siquiera el modelo perfecto de las "ideas" de Platón.

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- Filosofía en el siglo XVII: la duda y la certeza


+ Descartes: "pienso luego existo"

+ Hugo Grocio y el Derecho natural

+ La ciencia en el siglo XVII: ¿dominio o liberación?

+ Baruch Spinoza

+ El racionalismo de Leibniz

+ Locke y la filosofía de los datos de la experiencia

+ Los moralistas ingleses en los siglos XVII y XVIII

+ Giambattista Vico