jueves, 17 de octubre de 2013

Descartes: "pienso luego existo"


La época del humanismo y el Renacimiento no fue sólo un tiempo de optimismo. Junto a quienes celebraban la "magnífica suerte y progreso" del ser humano también se alinearon dudosos y escépticos. Las novedades no llevaron necesariamente al entusiasmo, sino a la reflexión sobre la precariedad de las ciencias y sus límites humanos.

Descartes
Retrato del matemático y filósofo francés René Descartes (1596-1650). Descartes fundó su pensamiento filosófico en la máxima cogito ergo sum, "pienso luego existo".

Una de las figuras de mayor relieve de estas corrientes fue sin duda el francés Michel de Montaigne (1533-1592). Considerando hasta qué punto pueden cambiar incluso las convicciones más sólidas, y cuán distintas son las causas de las ideas, Montaigne formula en sus Ensayos (1580) un escepticismo de tonos tolerantes tanto hacia la religión como, especialmente, hacia civilizaciones y culturas diferentes (es el tiempo de los grandes descubrimientos geográficos), en nombre de un continuo reexamen de las ideas propias y ajenas y del abandono de todo dogmatismo, inspirado en la fe o en la ciencia.

¿Y si todas nuestras dudas y errores no fuesen inevitables sino que nacieran de no haber aprendido a conducirnos, en lo que concierne a la ciencia, según un método justo?, ¿bastaría con reexaminar uno a uno nuestros conocimientos para conservar sólo aquellos indudables y construir sobre ellos el edificio completo del saber? Según su mismo relato, el filósofo René Descartes (1596-1650) se detuvo en consideraciones de este tipo cuando, insatisfecho por las enseñanzas recibidas en el colegio de los jesuitas de La Flèche, que le proporcionó una sólida educación clásica, reflexionaba sobre la ciencia.

Es posible dudar de todo, más aún, el conocimiento comienza con la duda, pero es preciso un método incluso para dudar. No sirve desprenderse de las opiniones erróneas si no se sigue, en esta obra de destrucción, un orden tal que lo que quede al final sea tan cierto que constituya el inicio de un nuevo conocimiento. Es significativo que la obra más famosa de Descartes sea el Discurso del método (1637), redactado tras una rápida carrera militar y después de trasladarse a Holanda, en 1629, en busca de sosiego para trabajar. Semejante título da de modo inmediato la idea central del filósofo: la convicción de que a la verdad no se llega por inspiración o por superioridad de la mente, sino gracias al método, a las reglas del saber. La unión de razón y método es el secreto. En primer lugar es necesario que cada problema sea dividido en todas las partes que lo compongan, para poder examinarla una a una y proceder hasta que se tenga la absoluta certeza de estar en lo cierto. Cuando la idea que se está considerando aparece tan clara que no suscita ninguna duda tan distinta que no puede confundirse con ninguna otra, entonces se podrá dar el paso siguiente, y así sucesivamente hasta resolver toda la cuestión.

Si obramos siguiendo este procedimiento intelectual -sostiene Descartes en su Discurso sobre el método y en las Meditaciones metafísicas (1641)- no hay riesgo de que se insinúe algo falso en nuestros razonamientos; puede suceder que no llegue a resolverse todo, pero lo que se logre saber estará privado de errores e incertezas. La idea del conocimiento verdadero como carencia de error es una idea fundamental en Descartes. Es necesario empezar eliminando toda opinión y comenzarlo todo de nuevo. En una palabra, es necesario dudar de todo. Dudemos de que nuestros sentidos sean verdaderos, de que la memoria conserve las sensaciones; dudemos incluso de nuestras razón y planteemos la hipótesis de que existe una divinidad maléfica tan omnipotente que se dedica exclusivamente a fabricar falsas verdades para hacernos caer en el error, y que también los teoremas de la geometría y de la matemática son sólo una ilusión. Suspendamos todo nuestro conocimiento, incluso las reglas de la moral, y preguntémonos: ¿qué queda?, ¿en qué podemos confiar? Si dudo, dice Descartes, quiere decir que existo, quien no existe no duda. Ésta no es una verdad de la razón, es una certeza, más bien "es" y basta; no es posible pensar lo contrario. Mientras que dentro de cada disciplina y cada fe es posible ejercer la duda, hasta en la matemática, incluso a propósito de la existencia de Dios (que para Descartes es cierta), de esta conexión -"si pienso entonces existo"- no es posible pensar de otro modo. Pues cogito ergo sum (pienso, luego existo) es el ladrillo inicial, absolutamente cierto, que precisamos. A partir de aquí es posible reconstruir el saber sobre bases sólidas. Hemos descubierto un criterio de verdad, el que une en una intuición que no se puede rechazar el "pensar" y el "existir", por el que podemos decir que "las cosas que nosotros concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas".

Si existo entonces, porque no me he creado solo, es necesario que exista también quien me ha creado, es decir, Dios. Siendo yo además una "cosa que piensa", se puede deducir sin duda que existe una sustancia pensante ligada a los cuerpos, que son sustancia extensa.

Sobre la base de este método, Descartes reconstruye todo el saber. Su cogito ergo sum desató ya en su tiempo muchas críticas. El materialista Gassendi, por ejemplo, objetó que la afirmación es sólo aparentemente indudable, porque se trata de un silogismo cuya premisa menor ("todas las cosas que piensan existen") había sido ocultado, y de aquí, no de la verdad, derivaba el aspecto de certeza indudable. Descartes expresó de modo fulgurante una verdad de la cual la filosofía moderna no podrá prescindir durante mucho tiempo: el mundo podrá existir por sí solo, pero para los hombres el único acceso posible a cualquier realidad es su conciencia, la conciencia "es", para los hombres, el mundo; como está escrito en un texto judío: "Tu cabeza no es el mundo, pero el mundo está en tu cabeza".

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