miércoles, 2 de octubre de 2013

Filosofía y ciencia en los siglos XV y XVI



La filosofía mantiene extrañas relaciones con la ciencia; a veces parece que la ciencia sustituya a la filosofía como un saber racional reemplaza a un mito, y otras, que el mismo saber científico sea un objeto a investigar críticamente. Puede suceder también, y éste es el caso del humanismo, que el alcance de las revoluciones científicas sea tal que arrastre consigo no sólo la filosofía, sino también la conciencia que los hombres tienen de sí mismos y del mundo que los rodea.

Filosofia ciencia
El astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543). Aunque aceptando algunos presupuestos de la física aristotélica, Copérnico elaboró la teoría heliocéntrica, según la cual el Sol se halla en el centro del universo.

Un caso emblemático, entre los muchos que ilustran la "revolución" científica acaecida durante los siglos XV y XVI, es el de las hipótesis sobre el universo. Según la doctrina de Aristóteles y de Tolomeo, la Tierra está en el centro de lo creado y a su alrededor se mueven una serie de esferas sólidas dentro de las cuales están fijadas los astros. Como sea que en la física aristotélica todo lo que se mueve debe tener un motor, la última esfera sería la inmóvil, que mueve a todas las demás.

Los comentadores medievales encontraron estas teorías en buena concordancia con su fe: la posición de la Tierra garantizaba que el hombre fuese el centro del universo no sólo espiritualmente, como criatura de Dios, sino también físicamente, por así decirlo, en sentido literal. Que nuestro planeta no se moviera correspondía a la experiencia inmediata, a los conocimientos geográficos del período, y a la idea de que el lugar donde se encarnó y murió Jesucristo no era una bola de tierra y agua como millones de otras que giran incesantemente por el universo, sino un firme pedestal donde el Omnipotente habría realizado su creación.

Pero 1543, año de la publicación del texto Sobre las revoluciones de los orbes celestes, de Nicolás Copérnico (1473-1543), puede considerarse como la fecha de muerte del universo aristotélico.

Si bien el astrónomo polaco aceptaba muchos de los presupuestos aristotélicos (como la finitud del universo, por ejemplo), fue enorme el efecto de la afirmación de que la Tierra no estaba en el centro sino que giraba, como todos los demás planetas, alrededor del Sol.

La física aristotélica era sin duda más científica que la platónica, pero era una física "cualitativa", más atenta a las propiedades de los cuerpos que a la medición de las cantidades y relaciones geométricas. Por ello será la filosofía de Platón la que guiará la revolución astronómica; porque las ideas que animan al mundo pueden ser interpretadas como expresiones de relaciones geométricas y matemáticas, a cuyo orden simple y unívoco se acoge todo el universo creado.

Fueron platónicos tanto el astrónomo danés Tycho Brahe (1546-1601), a quien se debe la refutación de la hipótesis aristotélica de que los cielos estuvieran hechos de una materia especial e incorruptible, como sobre todo el alemán Johannes Kepler (1571-1630), que concluyó la obra de Copérnico. Según sus descubrimientos, no sólo la Tierra gira alrededor del Sol, sino que esta revolución no es causada por el Primer motor inmóvil sino debida a una "especie motriz" que no tiene nada de sagrado y que se recoge en las distintas "fuerzas" que actúan en la naturaleza, como el magnetismo y la inercia. Tampoco puede decirse, según Kepler, que las órbitas de los planetas sean circunferencias perfectas como perfecta sería la sabiduría divina que las mueve (según pensaba todavía Copérnico); al contrario, las órbitas son elipses, uno de cuyos centros lo constituye el Sol.

En este sentido se puede afirmar que el humanismo generó un nuevo mundo en el que el ser humano no ocupa una posición privilegiada.

De este modo, la naturaleza se convierte en un reto y el hombre construye su vida con dignidad luchando por la conquista del saber y contra la ignorancia.

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