miércoles, 23 de octubre de 2013

El racionalismo de Leibniz


El hombre no puede dejar de construirse imágenes de cómo está hecho el mundo; cuando estas "imágenes" son expresadas con conceptos se llaman filosofía. Dado que el mundo humano es mitad naturaleza y mitad sociedad, la filosofía tenderá a representar mediante conceptos tanto su relación con la naturaleza como con la organización social. Estas representaciones pueden ser críticas, pueden conmensurar lo existente a un idea de perfección y destacar sus carencias. También es posible que un sistema filosófico sea apologético (en griego "discurso en defensa de") si intenta demostrar que el mundo natural y humano sea justo tal como es, o por lo menos sea el mejor entre los posibles.

Gottfried Wilheim Leibniz (1646-1716), filósofo y científico alemán. Leibniz fundó la Academia de las Ciencias de Berlín (1700), de la que fue primer presidente.

El alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), autor de los Ensayos de teodicea (1710), es probablemente el más genial apologeta de la historia de la filosofía, porque supo conducir su defensa de la realidad con instrumentos propios de la razón. Los principios en que se apoya son rigurosamente lógicos: el principio de no contradicción (la verdad no debe contradecirse) y el principio de razón suficiente, por el que nada puede existir sin que haya una razón suficiente para que sea así y no de otro modo. Aquellas verdades que tienen su propia razón suficiente en la mente de Dios son necesarias y eternas, y su contrario es falso; verdades de razón las llamó Leibniz, y sostuvo que son conocidas "a priori", no derivan de la experiencia. A estas verdades pertenecen, por ejemplo, los dos principios anteriormente citados, las demostraciones matemáticas. Además de las verdades de razón existen también verdades de hecho, que no son necesarias ni eternas, y que podrían ser distintas, porque derivan de la experiencia. Quién ganará la partida de ajedrez entre Alejandro y María, por ejemplo, no es algo que pueda saberse a priori, sino después de terminar la partida, a posteriori.

El mundo tal como existe es, para nosotros, una verdad de hecho. Pero para Dios, que lo creó, no existe distinción entre las diversas verdades, en su omnisciencia todo es conocido a priori. Dios no experimenta sino que lo conoce todo por anticipado. Para Dios existen sólo verdades de razón, su razón. Entonces, entre las infinitas combinaciones posibles, la que se ha realizado ha sido elegida por Dios según razón. Dios es el ser en quien perfección y bondad están presentes en grado infinito, por lo tanto habrá cumplido su elección según perfección y bondad. De aquí se sigue que el mundo existente tiene su razón suficiente en la bondad de Dios, por consiguiente debe ser el mejor de los posibles. En este "mundo mejor" se mueven un número infinito de sustancias individuales -mónadas, es decir, "indivisibles"- que no son materiales sino espirituales. Cada una tiene en sí todo cuanto necesita, a excepción de la razón suficiente que recibe de Dios, que es eterna, inmaterial, y no está condicionada por lo que ocurre fuera de sí. Cada mónada es una suerte de alma, una idea de Dios que se desarrolla según el principio que Éste ha colocado en ella; podría decirse que las mónadas no tienen una historia pero son una historia que se despliega paso a paso como un mundo entero. Las mónadas son distintas entre sí, y presentan diferentes grados de perfección, desde las mónadas casi totalmente inconscientes hasta las dotadas de razón y conciencia. Allí donde la perfección y la conciencia están ausentes, según Leibniz, se encuentra la corporeidad, más oscuridad que materia, más un límite del conocimiento que un ser efectivo. El conocimiento procede por grados; en el nivel mínimo se encuentra la perfección que es propia de todas las mónadas, incluso de las inferiores, a la que sigue la apetición como principio vital, y finalmente la apercepción, es decir, la conciencia de sí. A lo largo de esta escala se dan infinitos grados intermedios; desde las pequeñas percepciones no conscientes hasta la razón que madura en sí el conocimiento a priori de las verdades de razón. Según Leibniz no se podría llegar desde la experiencia hasta las verdades eternas, ya que es necesario que éstas estén, de algún modo, presentes en potencia, en el intelecto humano, y que la experiencia sea simplemente ocasión de su despertar.

Si las mónadas son autosuficientes y no tienen relación entre sí, sino sólo con Dios, ¿cómo se "corresponden" unas con otras? ¿cómo si miran en la misma dirección perciben el mismo paisaje?, ¿cómo es que todas reconocen que un triángulo tiene tres lados? Porque, sostiene Leibniz, en lo creado reina una armonía preestablecida. No se trata de una relación entre las mónadas, sino de una perfecta coincidencia por la que lo que acontece en una, acontece también en las demás, una perfección de la esencia de las mónadas que Dios ha creado tan exacta que hace coincidir lo que aún no tiene relación.

Las mónadas de Liebniz son la versión filosófica del individuo burgués, perdido en su egoísmo y ciego a las relaciones sociales que lo vinculan a los demás hombres. Así, la armonía preestablecida del mejor de los mundos posibles no sería más que la feroz competición del capitalismo del siglo XVIII oculta bajo la idea apologética de que el beneficio de algunos debería coincidir finalmente -en la mente de Dios- con el beneficio para todos, y que se adopte por tanto quien se encuentre en la parte desafortunada de la sociedad. Todo ello, verdadero o falso, no disminuye en modo alguno la importancia de la filosofía leibniziana que sigue siendo una extraordinaria representación de cómo las clases poderosas del siglo XVIII se juzgaban a sí mismas y el mundo que dirigían.

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