martes, 5 de noviembre de 2013

Montesquieu y los materialistas


El noble Charles-Louis de Montesquieu (1689-1755) compuso las Cartas persas (1721) y El espíritu de las leyes (1748), textos considerados como el principio del moderno estudio del derecho. El autor rechaza programáticamente la alternativa entre el universalismo del derecho natural, según el cual todo tipo de ordenamiento y condición histórico-social deben ser regidos por normas verdaderas por naturaleza, y la incerteza de los sistemas positivos de jurisprudencia, con leyes que se modifican según la opinión del legislador, de acuerdo con las cuestiones examinadas. Para Montesquieu, las leyes siguen la dirección que les ha sido marcada por un complejo conjunto de elementos -constituyentes de su espíritu- que comprende factores naturales (el clima, la región y los recursos) y formas adquiridas (las especializaciones productivas de una determinadas región, por ejemplo, las costumbres civiles tradicionales).

Montesquieu

El deber de la filosofía es indagar los factores que determinan el espíritu de los distintos ordenamientos jurídicos, que no deben ser juzgados en abstracto ni en general, sino de modo concreto, caso por caso. Un planteamiento de estas características debería determinar, según el escritor y político francés, la forma legislativa y el gobierno, que garantizasen, dada la situación efectiva de una comunidad, el máximo de libertad posible, sin llegar a disgregar al estado, pero sin imponer inútiles o dañosas constricciones al ejercicio de las libertades individuales. El trazo que une las investigaciones de Montesquieu con los filósofos materialistas se encuentra en la declarada intención de observar la realidad antes de intentar interpretarla y formular teorías, pero los ámbitos de investigación son totalmente distintos.

Etienne Bonnot de Condillac (1714-1780), doctor en teología, defendió las tesis gnoseológicas de Locke, colocándose aún más allá del maestro francés al propugnar tesis protomaterialistas; o mejor, sensistas. En su Tratado de las sensaciones (1754) todas las facultades humanas son referidas al efecto de las percepciones sobre nuestros órganos de sentido. En un ejemplo célebre, Condillac imagina una estatua de mármol que adquiriera, uno tras otro, los cinco sentidos humanos, llegando por combinación de las sensaciones y por elaboración de las percepciones a poseer exactamente las mismas cualidades intelectivas que un hombre de carne y hueso; la única diferencia consiste en la adquisición del lenguaje -derivada según Condillac de necesidades organizativas de las primeras comunidades humanas, o de la necesidad del hombre de comunicarse con sus semejantes- que amplía hasta tal punto los horizontes de lo perceptible que llega a oscurecer el origen sensible de todas nuestras facultades.

Escándalo todavía mayor suscitaron las tesis materialistas. Offray de La Mettrie (1709-1751), médico y filósofo, compuso una Historia natural del alma (1745), cuyo título indica ya las posiciones del pensador. La Mettrie es un riguroso materialista; el pensamiento no difiere de la materia, es una modificación de la misma, y no sólo es propio del hombre, sino de todos los animales. La diferencia entre éstos y el hombre, por lo demás, no es cualitativa, no deriva de una particular posición ocupada en el universo o en el plano de la creación divina, sino sólo cuantitativa, relativa a la mayor o menor fuerza con la que en una y otra especie la materia corpórea responde a los estímulos externos organizando la percepción y, a partir de ésta, la inteligencia. Claude Adrien Helvetius (1715-1771), amigo de Montesquieu y de Voltaire, siguió la doctrina de Condillac, radicalizando algunas de sus partes. No sólo nuestras facultades intelectuales derivan de las sensaciones, y son en última instancia reconducibles a éstas, sino que el mismo espíritu no es más que la comparación que el hombre efectúa entre las distintas sensaciones, refiriéndolas al mismo sujeto que percibe. De estos presupuestos, en cierto modo precursores de algunas reflexiones kantianas, Helvetius deriva sucesivamente una ética fundada exclusivamente sobre el placer y el dolor; a estas dos reacciones debe referirse toda elección práctica, así como también los principios morales y jurídicos del hombre.

Paul Heinri Tiry de Holbach (1723-1789) cierra la tríada de los materialistas. Francés de origen alemán colaboró en la Enciclopedia, para la que escribió numerosas voces de química. Su extremismo en el campo filosófico le procuró numerosos problemas con las autoridades del momento, y con amigos y filósofos tan liberales y tolerantes como Voltaire.

No especialmente agudo, el análisis de Holbach expresa un ateísmo radical y un materialismo simple pero convencido, dos filones de pensamiento ciertamente menores pero de notable circulación durante la segunda mitad del siglo XVIII. El Sistema de la naturaleza (1770) de Holbach es un claro ejemplo de esta visión del mundo. El hombre es aquí concebido, junto con la sociedad, como un fenómeno natural, no distinto de la caída de los graves, la combustión o la vida vegetal. Toda la materia, según Holbach, está dotada de un principio intrínseco de actividad que guía, en base al placer y al dolor, el desarrollo y la acción de cada ente. El obstáculo principal, en el caso del ser humano, a la toma de conciencia de su autonomía y, por tanto, a la posibilidad de organizar la existencia según sus propios deseos, lo constituye la ilusión de la existencia de elementos y fuerzas sobrenaturales. Entre éstos el más tenaz y peligroso, según Holbach, porque renace continuamente de la necesidad y del miedo, es el de la existencia de un Dios que ordena las cosas según su propia voluntad e interviene en el mundo creando un ser superior, el hombre, y dotándolo de un alma inmortal y racional.

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