martes, 14 de enero de 2014

La filosofía de Karl Marx frente a Hegel


Los filósofos han pensado a menudo que los ojos de la mente eran el mejor instrumento para captar la realidad de los cinco sentidos. No es que dudaran de lo que escribió Aristóteles ("nada hay en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos"): más bien destacaron que tampoco los cinco sentidos tienen acceso directo a la realidad, sino que deben ser educados y confortados por el pensamiento. Los niños muy pequeños, como es sabido, no están en condiciones de ver ni de oír, deben aprender a hacerlo, como más tarde aprenderán a hablar.

Filosofia Karl Marx
Karl Marx (1818-1883), filósofo, economista y hombre político alemán. En 1844 se trasladó a París para estudiar economía y publica Los manuscritos económico-filosóficos de 1844.

Nuestro cerebro cumple una infinidad de velocísimas operaciones para que los datos que llegan a los órganos del sentido adquieran significado y orden.

A nuestros sentidos también les están vetados aquellos objetos que no tienen una inmediata existencia sensible, y que son de fundamental importancia; nadie ha visto nunca la libertad, ni oído el amor o saboreado la muerte, a no ser en sentido metafórico. Esta verdad filosófica se debe también, en formas diversas, a los más radicales empiristas como Hume, o materialistas, como Helvetius y D'Holbach, antes que Kant y Hegel la declararan, en cierto modo, indiscutible, reconociendo que la experiencia se encuentra en el origen del conocimiento, pero que, sola, la experiencia no es conocimiento, en rigor ni siquiera es experiencia, porque experiencia significa encontrar algo sabiendo que se encuentra, por tanto sensación y pensamiento juntos. La importancia del pensamiento en todos los ámbitos de la actividad humana, desde la experiencia a la ciencia, y del sentido religioso de la política, posee una carga de verdad difícil de negar. El Espíritu, que según Hegel domina la historia, será también un ente abstracto que condensa en sí muchas fuerzas diferentes, y es cierto que tiene sus buenas razones. Es posible reconocer en él la verdad del idealismo filosófico según la cual nada existe, entre el cielo y la tierra, que no sea mediato. La mediación, hemos visto, es aquel movimiento que la contradicción cumple para resolverse; revisemos un ejemplo. El Señor y el Siervo son uno dominador y el otro dominado, ésta es su situación. Pero hay en ella una contradicción: ¿qué une al Señor y al Siervo?, ¿cuál es la autoconciencia que uno tiene del otro?

Según Hegel la relación la constituye el reconocimiento: el Siervo reconoce que el señor es su Amo, reconoce que tiene derecho a vivir de su (del Siervo) trabajo y que él, el Siervo, está sometido al Señor. La contradicción radica en el hecho de que la mediación real entre los dos invierte los papeles. El Señor descubre que el Siervo le está sometido solo formalmente, pero en realidad la vida del Siervo no depende de la del Señor, sino viceversa: es éste quien, para comer, necesita el trabajo del Siervo.

Es interesante observa que Señor y Siervo por un lado mantienen siempre la misma relación, pero por otro la conciencia de esta relación la modifica profundamente. Ahora el Señor sabe que su vida depende del Siervo, y también el Siervo lo sabe. Para ellos -en sí, como escribe Hegel- siguen siendo todavía un Siervo y un Señor, pero su relación su mediación debe ser superada necesariamente porque ahora para ellos ya no son los de antes: el Señor sabe que no es superior en todo y por todo, y el Siervo sabe que no depende del Señor. Ambos se dirigen entonces a aquel poder que ha trastornado su relación, al trabajo que extrae de la naturaleza los frutos para vivir, e intentan fijarlo. Nace así, según Hegel, el período de la Historia del Espíritu que coincide con la filosofía antigua.

Contra Hegel es preciso decir que no es totalmente cierto que la relación entre el Señor y el Siervo se trastorne sólo gracias al saber que ambos adquieren, pero viceversa Hegel tiene razón al sostener que ese saber, esa mediación, son partes esencial de la abolición de la esclavitud. Lo falso y lo verdadero del idealismo hegeliano están escondidos el uno dentro del otro, entrelazados en el nombre del Espíritu. La filosofía de Hegel es una ideología, una representación verídica de una conciencia falsa. Es verídica porque profesa abiertamente lo que le parece que es el motor de la vida humana, de la historia y la sociedad: el Espíritu que se pierde y se reconquista en los distintos momentos de su proceder, pero es también falsa conciencia, porque es ella quien, después de haberlo creado, no logra reconocer qué cosa sea este Espíritu.

No debe sorprender, pues, si el filósofo del materialismo por excelencia fue un consecuente idealista y al mismo tiempo un atento crítico de Hegel. Como hegeliano, con las reflexiones contenidas en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 inició su historia un filósofo único: Karl Marx (1818-1883). El distanciamiento de Hegel lo marca el punto central de la dialéctica. Para Hegel ésta es una batalla que el Espíritu -o la conciencia humana en general- da para conocerse a sí mismo; en esta batalla, en realidad sólo se tiene enfrente a sí mismo, pero no se reconoce espontáneamente -sin mediaciones, inmediatamente, escribe Hegel- en lo que crea y produce, sino sólo después de que, contemplando lo que tiene enfrente como si fuese una potencia extraña, se encuentra en contradicción consigo mismo, y supera la propia escisión negándola, quitándole verdad a las dos partes en que se encuentra dividido.

El problema para Marx podría resumirse en la pregunta: pero, ¿por qué el Espíritu debe esforzarse tanto para reconocerse?, ¿qué es lo que le hace extraño a sí mismo? En primer lugar, según Marx, el Espíritu de Hegel es una abstracción. En la realidad "espíritu" no es más que un nombre genérico para indicar a toda la humanidad, es una palabra que quiere identificar al sujeto de la historia. Justamente hegel concibe a este sujeto dotándolo de todas las facultades humanas: de la capacidad de obra, de pensar, de recordar, combatir, etc. También justamente le reconoce a este sujeto la necesidad de objetivarse, digamos de "hacerse visible en objetos (cosas, ideas e instituciones)", para existir; como si dijésemos que se ve a un gran artista por los cuadros que pinta o la música que compone y no en sí. Y es cierto también, siempre según Marx, que el sujeto está en estas objetivaciones porque las ha producido él, pero al mismo tiempo son independientes de él, e incluso es sólo a través de ellas que el sujeto llega a conocerse.

En nuestro ejemplo, es el artista el que crea el cuadro; el ser un artista es la causa del cuadro, pero la conciencia de ser un artista viene después de haber pintado los cuadros. Trasladado al plano socio-político, el verdadero terreno de estas filosofías, todo ello significa que la historia es el resultado de la acción del género humano y que el género humano es el resultado de la historia. Es un círculo con un principio y un final que no son, sin embargo, ni necesarios ni ciertos. Para Hegel la historia tiene una dirección y un término inevitables: cuando el Espíritu llegue a conocerse completamente, cuando alcance el saber absoluto, ya no podrá perderse en las propias formas objetivadas y la cadena de los acontecimientos llegará a su fin. Se ha discutido mucho si el filósofo pensaba verdaderamente en un fin de la historia, o si esto sólo fuese una suerte de salida hegeliana para que los acontecimientos tuviesen un sentido (no por casualidad el término "sentido" indica tanto un "significado" como una "dirección", tener una finalidad, una meta, es en cierto modo tener un "sentido"). Pero en las manos de Marx, la dialéctica hegeliana parece perder la dirección establecida a priori, se muestra como una posibilidad siempre presente pero nunca garantizada. Por lo tanto hacer proceder la historia del Espíritu, sostiene Marx, es como querer que una persona camine sobre la cabeza en lugar de que lo haga sobre las piernas: podrá pensar hasta el infinito que camina, pero no dará nunca un paso.

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