viernes, 17 de enero de 2014

La filosofía de "El capital" de Marx


La mesa, escribe Marx en El capital (publicada en varias etapas de 1867 a 1894), es un objeto simple sólo mientras no la miramos, pero si la observamos con atención se alza sobre sus piernas, se va de paseo por el mundo y presenta una gran cantidad de cuestiones metafísicas. Si pongo encima de ella objetos, se me aparece claramente su valor de uso: sirve para sostener, comer y escribir. Es en el momento en que dejo de considerarla como un ente natural cuando se revela su complejidad. En primer lugar ha sido producida, alguien la ha construido utilizando inteligencia, herramientas, madera y trabajo. Además de ser un objeto útil, la mesa es también el resultado de una actividad humana, el trabajo. Por este motivo, además de ser útil tiene un valor, debo comprarla para poseerla. Y su valor depende del grado de progreso de las ciencias en general; si entre los antiguos construir una mesa de nogal suponía trabajar durante un mes, con los instrumentos actuales es suficiente una semana; la mesa de nogal en sí es la misma, pero su valor en términos de cantidad de trabajo ha cambiado. En cierto sentido puede decirse que nuestra mesa, si se la interroga, nos dice también con qué tipo de habilidad ha sido producida, qué conocimientos se han empleado, cuánto esfuerzo ha costado, y muchas cosas más. La mesa es un objeto, pero también una mercancía. Quien produce mesas sólo las construye y quien las compra no las produce. La existencia de la mesa nos dice también que vivimos en una sociedad donde rige la división social del trabajo, donde cada uno hace algo, siempre lo mismo, porque está seguro de poder cambiar el fruto de su trabajo con otros, y de que esta colaboración es conveniente para todos. Si en un mes un carpintero produce diez mesas, un zapatero cien zapatos y un panadero mil panes, el valor de cambio, el precio al que se cambian, diez mesas, diez zapatos y mil panes, será idéntico. La medida del valor de cambio de una mercancía se expresa mediante la cantidad de horas de trabajo necesario para producirla.

Filosofia Marx Capital

Marx sabe bien que éste es un modelo ideal; en la realidad otras muchas cosas establecen el valor de una mercancía; el hecho, por ejemplo, de que sólo algunos estén en condiciones de fabricarla, el peligro inherente en un oficio o la escasez hacen que el precio de la mercancía pueda alejarse bastante del precio medido por la cantidad de trabajo. Todo ello, en lugar de refutar la crítica marxiana a la filosofía de Hegel, no hace más que reforzarla. Ahora bien, si en lugar de partir del Espíritu lo hacemos de la actividad concreta del hombre, de la actividad por la que el hombre se mantiene en vida, se reproduce, etc., comienzan a clarificarse las misteriosas potencias del Espíritu que se extraña y se reencuentra. Tienen nombre: ciencia, progreso, trabajo, mercancía, cambio, etc. No es el Espíritu quien produce los medios para vivir, sino el trabajo y la inteligencia humanas tienen una cualidad que también poseía el Espíritu: lo que producen se les aparece a los hombres como algo extraño. Sobre esta vía Marx da otro paso decisivo separando el modo de producción del conocimiento del modo de producción. ¿Acaso quien enciende la luz tiene que saber también cómo funciona la electricidad? No, ciertamente, y del mismo modo quien vive en una sociedad no sabe a menudo cómo ésta funciona, en qué modo va avanzando y se produce a sí misma, cuál es su modo de producción. Los hombres extraen experiencia de los efectos, y el modo en que una sociedad se reproduce (el esclavo sabe muy bien que no es amo de sí mismo), pero nunca directamente de la sociedad en su conjunto. Ésta, aun producida por los hombres, en un cierto sentido los domina o delimita el campo de las posibilidades. Son dos los poderes de la sociedad frente a los cuales los individuos son totalmente impotentes, Marx los llama fuerzas productivas y relaciones de producción. Fuerzas productivas son aquellas que aumentan la capacidad del hombre de procurarse los bienes; son fuerzas productivas la ciencia, la técnica, la tecnología, etc. Las relaciones de producción en cambio son el modo en que el trabajo y las fuerzas productivas se organizan dentro de una sociedad. El taller artesano que produce muebles es una relación de producción del mismo modo que la industria moderna la ha sustituido.

La esclavitud en tiempos de Atenas fue un tipo de relación de producción como lo fueron las cooperativas familiares del feudalismo. La misma mercancía puede ser producida por diferentes fuerzas productivas y en distintas relaciones de producción. Es evidente que en un período y una sociedad determinados existen fuerzas productivas y relaciones de producción concretas, frente a las que el individuo particular no tiene elección. Lo que Hegel denominó Espíritu no es otra cosa, según Marx, que el conjunto social o, mejor todavía, las necesidades y las contradicciones a través de las cuales se pasa de un sistema social a otro.

Estas contradicciones pueden resumirse en una sola, la que se da entre la potencialidad de una sociedad y su actualización, esto es, entre desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones de producción. Se puede clarificar la cuestión con un ejemplo. En una sociedad dominada por la miseria, donde el esfuerzo efectuado para sobrevivir sea enorme, que algunos, poquísimos, gocen de privilegios relativamente altos, difícilmente conducirá a una situación revolucionaria, en la que más que distribuir de modo más justo el fruto del trabajo se correría el riesgo de que todos sucumbieran. Si el desarrollo de la ciencia y las técnicas productivas lleva a esta misma sociedad a un elevado grado de bienestar, donde ya no exista el riesgo de una catástrofe para todos, el hecho de que algunos deban trabajar bajo el mando de otros, ganando poco o nada, conducirá sin duda a un intento de revolución, que llevarán a cabo los explotados para saldar la cuestión.

Ejemplo de una revolución similar lo tenía Marx casi bajo sus ojos: la gran revolución de la burguesía francesa contra el poder feudal de la nobleza y la monarquía. El problema era, pues, establecer si el triunfo de la burguesía debía considerarse, según el esquema hegeliano, como el final de la historia o si también el nuevo modo de producción contuviese en sí tales contradicciones que condujeran, antes o después, a su demolición.

La época en que vivieron Marx y su amigo y colaborador Friedrich Engels (1820-1895), con quien escribió La ideología alemana, redactada entre 1845 y 1846 y el Manifiesto del partido comunista (1848), no fue particularmente feliz. El nacimiento de la industria moderna exigía enormes sacrificios, y pobreza, explotación y miseria eran las condiciones habituales de vida para la mayoría de la población. Los medios necesarios para implantar las primeras industrias, sobre todo en Gran Bretaña, se obtuvieron expropiando literalmente a los campesinos, artesanos y pastores de sus medios de supervivencia, obligándolos a trabajar en las nuevas fábricas. Allí ellos prestaban su fuerza física (ya que no poseían nada más) durante catorce horas al día, mujeres y niños incluidos, por un salario que difícilmente superaba el umbral mínimo de supervivencia. Al otro lado de la barricada se encontraban los propietarios de las fábricas, que compraban por poco dinero el trabajo de los obreros recibían enormes beneficios. Mientras tanto la cultura, de la que los trabajadores estaban totalmente excluidos, se perdía en disputas sobre si el hombre era bueno o malo por naturaleza, si convenía hacer de cada hombre un rico emprendedor (como sostuvieron aquellos que Marx llamó con desprecio socialistas utópicos) o si debíamos limitarnos a constatar que, efectivamente, la suerte de la mayoría de la humanidad era horrible, pero no había nada que hacer porque éstas eran las leyes de la naturaleza.

Que frente a una situación de este tipo la filosofía se limitase a representarse el mundo tal como era sin pretender cambiarlo le parece a Marx la peor traición de su finalidad. Por ello intentó producir una filosofía que permitiese a los oprimidos reconocer que no era una ley natural la causa de su miseria, sino el poder de quien compraba su trabajo.

Reconocer que los hombres, todos iguales y destinados a la mayor felicidad posible, estaban en realidad divididos en dos: quienes poseían los medios para trabajar, las fábricas, y quienes sólo disponían del propio trabajo para vender, capitalistas y proletariados. Esta división en dos clases era el poder oculto que guiaba el desarrollo de la vida humana y la historia, no el abstracto Espíritu hegeliano. La lucha no se establecía entre el Espíritu en sí y el Espíritu objetivado en alguna obra, sino entre el hombre y el hombre; ésta era la contradicción que movía el mundo y debía ser superada. De este modo, si el motivo por el que más que enriquecerse con su propio trabajo los hombres empobrecían con él -en términos hegelianos, Marx escribe, se alienaban, es decir se perdían, se consumían sin recibir nada a cambio-, la división entre dos clases debía suprimirse. Pero, ¿quién podía hacerlo? Marx y Engels imaginaron una formidable alianza en la que trabajaron durante toda su vida: la alianza entre los explotados y el reconocimiento del poder mediante el cual eran explotados, entre proletariados y filosofía. Le correspondía a la filosofía mostrar a los trabajadores que si estaban obligados a la miseria éste no era un destino insondable, sino la consecuencia de que los medios de producción, fábricas, campos y oficinas eran propiedad de unos pocos, y que, por lo tanto, estos pocos podían decidir quiénes y cómo tenían que trabajar para ellos. La filosofía debía mostrar también que la riqueza no la producían las fábricas solas, ni los campos milagrosamente, ni tampoco los bancos, sino que procedía del trabajo vivo que los obreros, labradores y trabajadores en general "ponían" dentro de los objetos producidos con su esfuerzo: esto y no otra cosa era la riqueza.

Finalmente, la filosofía debía señalar en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción (las fábricas, la tierra, y también la instrucción, los transportes y bancos) la vía a recorrer para eliminar la explotación de los proletariados, haciendo de cada hombre una ayuda para el otro.

Al extremo de la alianza estaban los explotados, ya que los capitalistas nunca cederían el poder espontáneamente, era necesario que éste fuera abolido con la fuerza; mediante una revolución social los trabajadores tomarían el poder político y anularían la propiedad privada de los medios de producción, realizando así la primera fase del socialismo que, a su vez, culminaría con el comunismo, supresión definitiva de toda explotación y libre desarrollo de la individualidad de cada hombre y mujer, según su lema: "a cada uno según sus posibilidades". Igualdad y libertad fueron así las palabras clave del comunismo que Marx y Engels propusieron; como escribieron ellos mismos: "Un fantasma se agita sobre Europa, el fantasma del comunismo", que ciertamente asustó a quienes tenían algo que perder en una sociedad de iguales y libres.

Hoy, a pesar de ciertas trivializaciones, formular un juicio general sobre las circunstancias que han caracterizado la decadencia práctica del comunismo en el mundo supone una operación muy delicada y compleja. Por un lado, los estados que, tras una revolución, se proclamaron "comunistas", vieron declinar a veces muy rápidamente todas las esperanzas originarias hasta retroceder a condiciones de grave opresión. Por el otro, es difícil negar que el comunismo expresado en la filosofía de Marx y de otros comunistas constituyera un arma formidable a favor de la igualdad y la libertad; también en los países que nunca han experimentado una verdadera "revolución comunista", la conquista de algunos derechos que hoy se dan por descontado se debe a la obra e incluso a la lucha directa de comunistas y socialistas. Pero, la emisión de un juicio es ciertamente complicada.

De todos modos, se puede afirmar que las convicciones de Marx, expresada en las célebres Tesis sobre Feuerbach, acerca de que la filosofía tenía que convertirse en elemento práctico para transformar la realidad, so pena de la inutilidad de su existencia, fue rigurosamente respetada por él: ninguna filosofía ha perturbado tanto el curso del mundo como el marxismo.

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